Una impresión que nos transmiten los trabajadores de RTVE es que Oliart es un cero a la izquierda, que no manda, que le madrugan las decisiones desde otra parte, que su gestión es imaginaria y un coladero, que se le puede obviar porque no es responsable de lo que pasa en la Corporación. Se habría ido ya de vacaciones, por ejemplo, sin que se note lo más mínimo. Puede ser. Sin embargo, desde un punto de vista formal, a nosotros nos compete el control parlamentario de la Corporación RTVE en la persona de su máximo representante. No podemos obviar a Oliart.
La primera consecuencia de esa impresión generalizada de abandono es que RTVE sigue un rumbo incierto, sin las ideas claras ni los objetivos bien planteados. Esto sí lo comprobamos a diario. Estamos ante un servicio público sometido al Gobierno y dando tumbos, en retroceso. El espejismo de las audiencias sólo disimula circunstancialmente una creciente pérdida de rentabilidad social e independencia.
Oliart se enroca en el puesto con una obstinación digna de mejor causa. Que campen a sus anchas algunas productoras privadas, que los centros territoriales agonicen sin cometido, que los informativos sean una escuela de las peores prácticas, que la plantilla está más desencantada que nunca se lo debemos únicamente a Oliart. Si manda, porque manda y si no manda porque deja que otros le muevan los hilos. En todo caso, el desbarajuste actual en RTVE lleva grabado a fuego su nombre.
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