Hace ahora un mes y medio que asistía en Madrid a la presentación de la campaña "CRECE" de Intermón Oxfam. Una campaña que advertía que el sistema de alimentación global estaba fallando.
Ahora la ONU declara oficialmente situación de hambruna en dos regiones del sur de Somalia, Bakool y Bajo Shabele. Esta circunstancia no se había dado en este país en las últimas dos décadas, y ahora corremos el riesgo de que se extienda, además, a ocho regiones somalíes más en los próximos dos meses. Más de 100 millones de personas están sufriendo los efectos de la peor sequía de los últimos 60 años. Nos enfrentamos a la peor crisis alimentaria del siglo XXI.
La FAO celebró esta semana una reunión de emergencia. Porque ahora lo importante es evitar que miles de personas mueran por desatención. La declaración de situación de hambruna pone en marcha una serie de mecanismos de ayuda internacional superiores a los de emergencia, con el fin de frenar la salida de habitantes de esos países a los Estados vecinos (el campo de refugiados de Dabaad es el mayor del mundo, con 370.000 personas y 750.000 somalíes han abandonado ya su país) y abastecer a los que permanecen todavía en sus regiones. Las lluvias que llegarán en octubre ayudarán a que haya nuevas cosechas el próximo año y quizás, para entonces, el ganado que ha sobrevivido comience a recuperarse y a dar leche en los siguientes meses, pero hasta entonces, necesitan la implicación de todos los gobiernos.
De forma inevitable esta situación tan espantosa me lleva a pensar que, en realidad, una estrategia a largo plazo es lo que evitaría crisis alimentarias de este calibre cada dos décadas. Hoy más que nunca recuerdo la campa CRECE de Intermón Oxfam. Ahora podemos activar todos los mecanismos necesarios para paliar la situación actual del "cuerno de África", pero es necesario el reparto justo de los alimentos a nivel global. No es razonable que 1 de cada 7 personas en el mundo se vayan con hambre a dormir. Es necesario establecer nuevas reglas de juego globales, cambios en las políticas globales que permitan a África protagonizar una auténtica revolución productiva al estilo de Asia. El problema no es la escasez de alimentos, sino el acceso a ellos. Y no se trata de solidaridad, sino de egoísmo inteligente.
En el caso de Somalia, además, se suman décadas de conflicto armado, ausencia de gobierno y una gran dificultad de las agencias humanitarias para llegar a los más necesitados, puesto que hace casi año y medio las condiciones impuestas por los fundamentalistas (tasas para repartir la ayuda y que ningún trabajador fuera mujer) llegó a provocar la retirada del Programa Mundial de Alimentos.
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