Aunque todos los años parezca lo mismo, estoy convencida de que es posible que cada Nochebuena y Navidad sean unas fechas especiales y diferentes. Es más, merece la pena intentarlo. Tan solo depende del empeño e ilusión que cada uno de nosotros seamos capaces de entregar.
No se trata de crear una ilusión momentánea ni tampoco de fabricar un pequeño paréntesis para, durante unas pocas horas, sustituir los problemas cotidianos -y hay muchos- por la alegría y el buen humor. Muy al contrario, a mi juicio el secreto de la Navidad está en recuperar su verdadero mensaje, el que desde hace dos siglos ha animado a las familias a reunirse cada 24 y 25 de diciembre para celebrar el milagro de Belén, y procurar que esas buenas intenciones estén presentes durante todos los días del año.
Soy de la opinión de que cuando más arrecian las dificultades es cuando las personas más necesitamos creer. Creer en la curación de una enfermedad, en conseguir un puesto de trabajo, en sacar adelante un negocio familiar pese a la crisis, en salvar una situación personal complicada o, simplemente, creer en un futuro mejor para todos.
Es evidente que para asumir esa convicción en un futuro mejor que tanta falta nos hace no es obligatorio creer en una determinada religión, ni siquiera que sea Navidad, pero si acaso necesitáramos una mínima razón para mirar a nuestro alrededor de una manera más positiva, los próximos 24 y 25 de diciembre tenemos una excelente excusa.
Para todos, os deseo una muy feliz Navidad.
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