Cuando tuve mi primer móvil, -un Panasonic que pesaba lo suyo- un amigo al que hace tiempo con el que no coincido sonrió y me dijo: "¿y tú para qué quieres eso?". Mi hijo mayor, que tiene 8 años, el otro día me pidió que le comprara uno, a lo que se sumó el pequeño de 5 años, pues al parecer, algunos compañeros de clase, han tenido el honor de ser laureados con el artilugio.
Nadie duda de la utilidad del teléfono móvil, ni de su universalización, más aún, me gustaría encontrar a ese viejo amigo para ver qué lleva en el bolsillo, amén de las llaves del coche.
Y del móvil a internet... Internet ha entrado veloz en nuestras vidas, sin permiso, y como buen okupa, lo hace para quedarse. Y con internet, las redes sociales... Si antaño se preguntaba por la utilidad de un teléfono móvil, ahora se interroga: ¿para qué estar en una red social?. Pronto, todos estaremos en una, o en varias -si es que no estamos ya- y quien no esté, perderá una ventana al mundo. Es cuestión de tiempo.
Hay quienes recelan de este mundo que está ante nuestros dedos, como hay quien se resiste a aparcar la vieja Olivetti para trazar sus textos. De eso trata la libertad, de poder optar. Y conste que conozco gente feliz en su burbuja...
Pero Internet no es un aparte. Internet es el medio más importante del futuro, el espacio en el que se tomarán la mayoría de las decisiones de la economía y para la política, el lugar al que los ciudadanos acudirán para obtener respuestas: esto es como las lentejas, pero si no las tomas... allá tú... ¿Y el mañana? Ya veremos, esto va demasiado deprisa...
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