Democracia significa gobierno del pueblo y no gobierno de la mayoría. El que nos organicemos distinguiendo mayorías y minorías obedece a que es muy difícil encontrar posturas unánimes entre los ciudadanos y, por tanto, parece un criterio práctico y bastante justo aceptar que se tomen las decisiones más respaldadas. Digo, bastante justo pero no suficiente porque, si democracia quiere decir gobierno del pueblo, de todo el pueblo, lo deseable será que el máximo posible de resoluciones políticas se adopten con el apoyo del máximo posible de ciudadanos, y no sólo con más a favor que indiferentes o contrarios.
Por eso creo que lo democrático es sumar antes que restar, componer antes que dividir, unir antes que romper, y que, aproximar a los que no coinciden para que compartan en algo sus postulados alternativos, es acercarnos a que las decisiones del pueblo las adopte el pueblo al completo y no sólo una parte, mayor o menor. Ganar unas elecciones da derecho a gobernar pero no de cualquier forma, confiere la oportunidad de cumplir un programa pero no sin negociarlo, otorga la ocasión de personificar en el Estado determinadas ideas y valores pero conlleva la obligación de representar también a quienes no comparten tales ideas y valores. El poder democrático es poder del pueblo, de todo el pueblo y no simplemente de su mayoría.
Cuando el mundo se dividía en dos grandes bloques ideológicos la democracia era más sencilla de practicar, cada una de las familias políticas agrupaba a media población, facilitando que, en el diálogo asequible de un par de grandes líderes, nadie quedase excluido. Si puedo decirlo así, se trataba de una democracia de bajo mantenimiento, mecánica, redundante, segura, comprensible a simple vista, compuesta por piezas enormes como un molino de viento. Hoy ese tiempo de uniformidades ha pasado, como se acaba en la vida toda edad de certezas, y las ideologías a la carta hacen de cada persona un complejo conjunto de filosofías y esperanzas imposible de reducir a la militancia con los unos o los otros. La democracia actualmente debe satisfacer expectativas plurales e interculturales de millones de individuos que, para identificarse, tienden a distinguirse por completo. Nuestra democracia es de alto mantenimiento, sofisticada, abierta, exigente, algebraica, compuesta por piezas mínimas como una red de teléfonos móviles.
Tanto en la derecha como en la izquierda hay muchos que piensan que buscar el consenso es renunciar a defender posiciones propias, lo cual sólo tiene sentido si se concibe la democracia como gobierno de los más frente a los menos. Pero, si aceptamos que democracia es que decida el pueblo y si es posible que decida todo el pueblo unido, concluiremos que, quien trata de construir acuerdos, pactos o conciliaciones, para ampliar las mayorías posibles, antes que relativizar su discurso lo fortalece, lo multiplica, lo legitima.
Vivimos con sorpresa y precaución una época de mestizaje y fusiones, de diversidad y respeto, de aceptación y síntesis. Los políticos tenemos la obligación, como nunca antes, de tender puentes entre las culturas, las religiones y las costumbres, para que sean posibles la convivencia y la paz. Ya tenemos suficientes nubes negras, derrotistas cargados de razón, malhumorados moralistas y adivinos del error ajeno en los parlamentos y las televisiones, se hace preciso sonreír antes de hablar, mejor antes de pensar qué decir. Se buscan por tanto políticos de alto rendimiento, puestos en día y hora, con varios idiomas mejor que con doble lenguaje, conciliadores, moderados, homologables con los ciudadanos que les votan y muy repartidos igual que la lotería en el barrio. Que, aunque ganen las elecciones, sirvan al pueblo al que representan y no sólo a la mitad que les eligió, opino que se trata de eso.
Desgraciadamente, en la política española, aún más que separatistas, hay muchos separadores. Son las termitas de la democracia, incapaces de entender que ciudadanos para componer la nación somos todos, todos, y no sólo los que visten de su mismo color; que no comprenden que una España de buenos contra malos, de infalibles contra impresentables, de justicieros contra ajusticiados, es tan imposible como la de los vencedores y los vencidos.
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