Todos somos polizones en el mapamundi y, bien porque vayamos camino de la vida eterna o simplemente porque circulemos juntos por el espacio a bordo de este planeta, pienso que existir es eso: viajar en compañía de los que existen contigo, estar de paso por aquí a la vez que muchos más. Antes puede que, al desconocernos unos a otros, algunas naciones se considerasen elegidas para estar por encima de las otras pero, ahora mismo, ninguna idea me parece más irracional que distinguir calidades entre personas que nacen y mueren, al mismo tiempo y dentro del mismo pequeño mundo.
Por eso, proclamo el derecho a la interdependencia de los pueblos. Proclamo el derecho de los pueblos a depender los unos de los otros. Y proclamo que el Siglo XXI será el de la fusión, la mezcla, el intercambio, la coexistencia, la comprensión, la acogida y las ligaduras, o no será democrático.
Hasta ahora hemos tratado, honestamente, a la independencia como un derecho y a la dependencia como una necesidad. Hasta ahora hemos creído, honestamente, que los pueblos querían ser independientes aunque sabían que para sobrevivir dependían los unos de los otros. Hasta ahora, a la independencia le ha correspondido, honestamente, la poesía de los patriotas y el discurso de los diputados y a la interdependencia de las naciones, sólo el cálculo de los economistas. Hoy, sin embargo, la situación ha cambiado. Los jóvenes nacidos en el país de Internet están a un paso de exigir su derecho a ser ciudadanos interdependientes de una inmensa red mundial, y la cuestión espinosa es si los políticos disponemos del manual teórico apropiado para comprender, como mínimo para comprenderles.
La causa de la democracia es más la solidaridad que la autarquía, más la convivencia que las fronteras, más el mestizaje que la desunión, más la comunidad que la parcelación comarcal y, por eso, proclamo el derecho de cualquiera a que su pueblo sea dependiente, interdependiente, y proclamo el derecho de todo ser humano a que su pueblo esté conectado, que a nadie se le distancie del resto. La independencia es, sencillamente, una quiebra, un corte, una barrera, y, al contrario, yo creo que el hombre a estas alturas de la historia debe tender a reunirse más y más pacíficamente. Enarbolada frente a una potencia invasora o frente a una fuerza de ocupación, la independencia significa una liberación, sin embargo, si se plantea ante un igual al que se está asociado, no es otra cosa que una ruptura de lazos comunes, dolorosa, desgarradora.
Sostengo que la división de las personas por países, razas, culturas o religiones, cuando el espacio geográfico, económico y social, tiende a unificarse, empieza a ser sólo una pura defensa del divorcio entre ricos y pobres, fuertes y débiles, propios y ajenos en una Tierra que obligatoriamente conllevamos. Algo muy lejano del buen espíritu vecinal que actualmente impulsa como un enjambre a la juventud.
Quiero que mi patria sea cada vez menos independiente, que no se separe de nada ni de nadie, que cada vez esté más y mejor comunicada, que sepa repartir su prosperidad y aceptar otras prosperidades, que sea generosa, que reciba al que viene de la pobreza y de la guerra y del mal sueño, que suscriba si se puede un tratado por el que se borren todas las rayas pintadas en el suelo y que se comprometa por la paz aunque la paz esté muy lejos, y por los bosques aunque los bosques estén muy lejos, y por los derechos humanos aunque los humanos estén muy lejos. Por eso, proclamo el derecho a la interdependencia de mi pueblo, de todos los pueblos, y si otros quieren abrir el melón de la independencia allá ellos, porque yo, por mi parte, me esforzaré por compartir nuestra buena o mala fortuna como se comparte el aire.
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