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Archivado en: 23-f , Esteban González Pons
28
2011
Feb
De la mano de mi padre

Cada minuto de aquel día se grabó en mi memoria como si fuera el único que hubiera vivido. Cuanto sucedió entonces resultó ser histórico pero, aunque todos recuerden hoy qué hacían en esos momentos, lo mío quedó privadamente en algo más que pasar unas horas dentro de un escenario decisivo. No dudo que, la fuerza de los acontecimientos en los que nos vimos envueltos, habría sido suficiente para que los considerase imborrables, sin embargo en medio de la confusión, la zozobra y el miedo de aquel 23 de febrero de 1981 en el que el ejército golpista conquistó mi calle con un tanque, mis padres contaron por primera vez conmigo y me abrieron las puertas del club de los adultos.


            Esa tarde, en el Congreso de los Diputados, de las careadas muelas del juicio de las calaveras españolas, salió un monigote llamado Tejero que, manoteando como un gorila, intentó torcer el buen curso del tiempo y, como por una larga reacción en cadena, aquello sirvió para que en mi casa se dieran cuenta de que había crecido mucho. Y yo empecé a ser mayor.


            Os confesaré que me bajé del autobús escolar dos paradas antes de lo debido y que me dejé ver por la llamada Tasca Amarilla buscando sin éxito a una niña morena del Jesús-María, pero nadie notó mi retraso. Cuando llegué corriendo, la tía Cristina, eléctrica y esquiva como una carcajada en misa, tenía congregado en el rellano a todo el quién es quién de mi escalera, incluyendo los pacientes de la clínica de mi padre, y estaba dando cuenta de los tiros, seguramente de etarras, que se estaban pegando en el Parlamento. Un segundo después, como si allí también se hubiera dado un pistoletazo, cada uno se fue deprisa por un camino distinto y en el descansillo sólo quedó una preocupada ausencia de ecos. Los Pons vivíamos todos en el mismo edificio, una especie de colmena ruidosa y familiar, en la que, como imagináis, las fiestas, los desvelos e incluso los huecos eran muy compartidos y tumultuosos, muy napolitanos.   


            Al principio, como corresponde a los tontos 16 años que tenía, me excitó que se rompiera en mil pedazos la rutina, ya que tampoco me llegaban señales de peligro. Hablé por teléfono con la niña morena que me había dado plantón (como siempre menos tiempo del que después diría la factura de Telefónica, según mi versión); mi abuelo Álvaro sacó divertido el uniforme blanco de falangista con el que se casó con Victoria para hacerse perdonar su guerra de capitán republicano destacado ¡en Benidorm!; y mis hermanos pequeños, fieles al pobre concepto que tenía de ellos a esa edad, lloraron, se pelearon y no quisieron bañarse juntos (comprensible). Luego, Milans del Bosch debió emitir su bando guerrero, envió los carros de combate a tomar Valencia y el cielo se puso triste. Por esta vez la ciudad se oscureció a sabiendas.


            Se nos hizo de noche y ya sin luz en los balcones ocurrió lo inesperado. Mi padre me pidió que lo acompañara a comprar tabaco, por si llegaba a faltarle en los siguientes días, y a ver cómo se cerraba la ciudad bajo el toque de queda. Cuando rememoro aquel paseo por las calles ciegas, sordas y mudas, de la Valencia sitiada, las figuras del padre, asustado pero curioso, y el hijo, curioso pero asustado, en medio de un vacío de pueblo fantasma, me parecen sacadas de una película, irreales, soñadas. En el aleatorio conjunto de recuerdos que me vienen, aquel vagabundeo entre anónimo, entrometido y detectivesco, por las apagadas plazas y esquinas por las que reptaba la historia, creo que fue la primera caminata a solas con mi padre en la que no iba de su mano. Y si no lo fue, debería haberlo sido.


            Paseamos un buen rato, hablando poco y fijándonos en todo. Hasta que vimos un tanque solitario y aparentemente desocupado. Nos acercamos más y sorprendimos al soldado que debía estar en la torre de la máquina orinando en un portal. Nos miró avergonzado, se giró mínimamente y siguió a lo suyo. Menuda metáfora, susurró mi padre, hasta van a estropear los portales para las parejas de novios con prisas, regresemos.


            Hoy, cuando se han cumplido 30 años del frustrado golpe de Estado y mientras toda la España oficial celebra el triunfo del Rey, la Constitución y el pueblo, mi padre me ha enviado un mensaje al móvil que dice: "En todos los 23-F me acuerdo de nuestro deambular nocturno por aquella Valencia, la soledad, el silencio. Y de tu compañía." Qué suerte para todos que entonces se salvasen nuestras libertades, pero también qué suerte para mí haberlo visto de la mano de mi padre. No, creo que he dicho que de la mano ya no, aunque ojalá sí.


            Los políticos debemos descubrir que bajo las alfombras de los grandes acontecimientos transcurre la vida de las personas, que los seres humanos nacen, crecen y mueren, sumergidos en ese río ingobernable que llamamos historia, y así aceptar que nuestra tarea consiste más en resolver conflictos que en crearlos. Que la política no necesita justificarse para ser necesaria, que salvar la democracia es tan importante como salvar los portales para los novios con prisas.


            Ningún libro hablará de nuestros pasos perdidos aquella noche, no formarán parte de las crónicas ni aparecerán en los reportajes retrospectivos, pero de aquel 23-F, en el que España se quitó de encima una resaca de dos siglos de espadones y caciques, lo inolvidable para mí es que empecé a querer ser como mi padre. Eso es ser mayor y en eso estoy, en parecerme al hombre bueno y cansado de trabajar que siempre me lleva de la mano.

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1 Comentarios

comentario

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Joan B ha dicho el 01/03/2011 a las 08:32:14h
Las únicas veces (y son varias) que he visto los tanques en Valencia han sido en ExpoJove. Aquel día ni lo recuerdo ni nadie se esforzó en recordármelo, fue algo que con el paso del tiempo conocí, entendí y agradecí, pues sin duda aquel 23F fue el verdadero nacimiento de la Democracia y el paso al frente de la Monarquía Parlamentaria, y la fuerza y liderago del Jefe del Estado. Bonito tu relato, y surrealista total la imagen de un tanque vacío en medio de Valencia y su conductor haciendo aguas menores en los patios.... surrealismo militar. .

 

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