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Archivado en: Esteban González Pons
29
2010
Nov
Liberal porque sólo se vive una vez

 

A  J. M. Lassalle.


Cada biografía es una aventura única y diferente, irrepetible. Una historia singular con su planteamiento, nudo y desenlace. Todas las vidas son dispares, incomparables en sus luces, en sus penumbras, ya sean monótonas o de infarto, largas o cortas, zigzagueantes o rectilíneas. Por eso, creo en la libertad individual antes que en nada más, porque lo primero a que debe tener derecho una persona es a decidir por si misma su propio destino, a no ser el triste intérprete de un guión ajeno, y más cuando la vida no admite rectificaciones ni retornos.

 

         Vivir es discurrir por un espacio y un tiempo limitados, protagonizar una peripecia luminosa en medio de la oscuridad, o una novela larga en la que nos pasan cosas desde que nacemos hasta que morimos. Vivir es todo lo que tenemos porque nos acabamos igual que somos paridos, con las manos vacías y la boca abierta. Por tanto, lo decisivo no es qué atesorar, ya que todo se perderá para siempre, sino qué hacer en el entretanto. Para mí, defender que cada uno pueda transcurrir sin someterse a cauces ni a modelos, con plena autonomía, es el liberalismo.

 

         Me considero un liberal. No se si puro, clásico, contemporáneo, republicano o doctrinario, eso me da igual. Me considero sólo un liberal, tal y como lo entendieron los carlistas para sus bayonetas o los contertulios de los ateneos para sus castillos en el aire. Un burgués, muy europeo, lector empedernido, exfumador de Chesterfield sin filtro desde una gabardina, orgulloso de la clase media, casi asmático poeta vocacional pero terminado en alérgico como tantos, demasiado romántico para la política de hoy, urbanita en los amores y tan individualista como tolerante y generoso. Un librepensador, mal que bien ilustrado y filántropo, que prefiere enseñar a pescar mejor que dar un pez y ayudar a quien se tiene a mano antes que a ciento volando. Me tomo la vida con mucho humor, estoy dispuesto a viajar sin maletas ni referencias y me gustan las películas del oeste, las ruinas medievales con misterio acreditado y que cada uno se sirva lo suyo sin compartir los primeros platos a mediodía, es decir que soy un liberal. Está clarísimo.  

 

         No soy de izquierdas, entre otras cosas, porque sobrevivo en un mar de dudas metódicas y en España proclamarse de izquierdas es sentirse siempre cargado de razón, creerse justificado en exclusiva por la historia y por la filosofía. A mí tanta seguridad intelectual me fatiga mucho, soy más bien vulnerable ante las buenas ideas de otros y de pensamiento en permanente construcción. Nuestra izquierda nunca se ríe y cree ostentar cierta legitimidad natural para gobernarnos a todos, repartir diplomas de ciudadanía y decidir qué es progresista y qué no. Por ejemplo, seguir a José Tomás que es un torero profundo es progresista en todas partes menos en Cataluña, donde lo correcto es despreciar la tauromaquia. De hecho, contemplan la democracia formal sólo como un instrumento para conseguir que se cumpla lo que está obligado: que ganen siempre los mismos. Osea, ellos. Y yo, ay de mí, creo que en democracia a veces conviene perder, por el bien de todos.

 

         No quiero que nadie me salve y a cambio no pretendo salvar a nadie, me basta con que me dejen vivir tanto como yo dejo vivir a los demás. Por lo tanto, tampoco debo ser muy de derechas, dado que no acepto más prohibiciones que las mínimas necesarias, ni más obligación que la que se acata sin coacción por el interés común. E insisto, aún sostengo que la vida, la libertad individual y nuestros derechos fundamentales anteceden incluso a ese interés común.

 

         Ser liberal es una forma dadivosa y flexible de ser, dicen muchos. Como dicen además que ser de centro es apostar por el diálogo y la síntesis como herramientas políticas. Seguro que ni lo uno ni lo otro es tan sencillo. En mi credo personal, ser liberal y de centro es anteponer cada ser humano al poder, al poder público pero también al poder privado. La libertad sólo es compañera de la propiedad mientras la propiedad no conlleve poder para limitar la libertad o las oportunidades de los no propietarios. Y no es una apreciación demasiado abstracta, vivimos un tiempo en el que los flujos de capital arruinan regiones enteras, las empresas multinacionales están en condiciones de acuñar moneda privada, el equilibrio ecológico necesita ser rentable para ser tenido en consideración y cada vez hay que pedir más permisos para acceder a Internet. Una época en la que la libertad económica puede dejar en papel mojado cada una de nuestras libertades políticas.

 

         Se debe descartar que yo piense en la economía como un molde para hacernos iguales a todos. No deseo ser igual a nadie, pero sobre todo me gusta ser distinto y me opongo a que nadie intente parecerse a mí, salvo en derechos y oportunidades. Ahora mismo existe una percepción generalizada de hundimiento del viejo mundo contemporáneo y, por eso, habría que salvar del naufragio precisamente los derechos y las oportunidades, porque sin ellos nadie puede asegurar la libertad en el futuro. Es lo esencial, porque vivir sólo una vez y no tener libertad ni derechos resulta inaceptable. Es como no tener vida propia, una crueldad.

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11 Comentarios

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Jorge ha dicho el 29/12/2010 a las 13:12:47h
feliz año nuevo Esteban!.

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Loreto ha dicho el 27/12/2010 a las 15:46:50h
Madre mía...este Gobierno si que va de liberal y luego todo se queda en agua de borrajas!!..ELECCIONES GENERALES YA ESTEBAN!!.

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Sebastián Martínez ha dicho el 15/12/2010 a las 16:20:28h
#3 Creo que está claro quién se ve cargado de Razón en la España de hoy: Aquellos que pretenden suplantar el papel de padres en temas tan importantes como la educación o la moralidad, aquellos que nos dicen cómo tenemos que vivir -¡o incluso morir!-, aquellos que sin abandonar el rol de "progres" nos quitan derechos, aquellos que, en definitiva, pretenden adoctrinarnos. Un saludo..

 

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