A Isabel.
Me produjo gran alegría saber que se ha abierto un museo en las Navas de Tolosa, en el campo donde tuvo lugar la batalla que en 1212 inclinó la balanza de España del lado cristiano y occidental. Quise llevar a mis hijos y me adentré en la página web de la Diputación de Jaén en busca de más información, pero ahí se acabaron mis ganas de organizar un viaje familiar al sitio histórico. La publicidad oficial dice: "El museo invita al visitante a profundizar en el debate de la multiculturalidad y el diálogo entre civilizaciones, desde una reflexión crítica sobre los conflictos que vivimos en la actualidad y como una pequeña aportación a la cultura de la paz".
Eso es bonito y me parece bien pensado, pero no tiene nada que ver con la Edad Media ni con las Navas de Tolosa, donde se ventiló por las armas si nuestra patria caminaría por la senda cristiana o musulmana, si después seríamos el sur de Europa o el norte de África. Y nosotros, los que hoy somos españoles, le debemos nuestro laicismo político, nuestra igualdad de género, nuestros derechos fundamentales y nuestra ciencia libre a esa y otras guerras que nos hicieron quedar donde, con el tiempo, florecerían el racionalismo y la ilustración. El diálogo de las civilizaciones sólo es aceptable bajo la premisa de que cuántas libertades garantiza la Constitución no son negociables, ni siquiera cuestionables. Y no se puede reescribir la historia.
No imagino a los franceses, que presumen de haber salvado Europa en 732, cuando su Carlos Martel detuvo en seco al valí Al-Gafiqi cerca de Poitiers, edificando un museo en Tours para que las civilizaciones franca y musulmana dialoguen sobre la paz con la que los cristianos debieron haber recibido la invasión que trajo el Islam. Porque entienden bien que Francia no es sólo el escenario en el que ocurren cosas buenas o malas, que Francia es los franceses, hijos, nietos y biznietos de franceses que hicieron de su nación un lugar simbólico del que sentirse orgullosos. Y España resulta lo mismo, aunque muchos no lo acepten por maldad o idiotez.
Cada vez que se oculta, se devalúa o se menosprecia el esfuerzo, los logros y los muchos sacrificios de nuestros antepasados, se reduce también el significado de nuestro país al mero terreno sobre el que caminamos. Desde ese punto de vista, España acaba siendo un espacio geográfico por el que romanos, godos, bizantinos, moros o vikingos, cruzaron en su época ignorando las normas de cortesía y corrección política del Siglo XXI. La batalla de las Navas de Tolosa, de este modo, sucedió en España pero no le sucedió a España que, por lo visto, ni la ganó ni la perdió, y por eso hoy puede invitar, desde su museo provincial, al diálogo de los viejos contendientes. Como si hubiéramos sido la sede de un partido internacional de rugby.
Somos herederos de nuestros mayores, sus representantes en la actualidad y componemos el pueblo por el que ellos lucharon. Hemos conseguido disfrutar de la democracia, ser prósperos, exportar un idioma y una cultura al mundo y vivir pacíficamente configurando un buen ejemplo para el resto de naciones de la tierra. Es cierto que no siempre estamos de acuerdo en todo, que a veces nos gritamos más de lo debido y nos tiramos los recuerdos a la cabeza, que el reproche es la flor del estilo local de debate, que dentro algunos quieren irse afuera y que todavía no hemos sabido hacer gran virtud de nuestra pluralidad lingüística. Que pasamos por poco transigentes, frívolos y ruidosos, pero, sea o no así, somos nosotros, somos los nuestros, los españoles. Somos el resultado de una narración de siglos de lo que le pasó a España y no sólo los que miran lo que pasa en España.
España es el principio de los españoles, pero también el principio que nos conforma. Es el comienzo de nuestro ser histórico, pero también la causa de nuestro ser político. Es principio en los dos sentidos, como origen y como valor. Y ser español, por tanto, es saber que compartes sueños, aspiraciones y gestas con las generaciones que ya se fueron y además con las que están por venir; es ser consciente de que el polvo que pisas está hecho con los miles de huesos triturados de los que tus propios huesos vienen por parentesco, que acabarán a su vez siendo polvo que pisarán los huesos de nuestros descendientes. Ser español es una de las pocas cosas que en estos días líquidos se puede ser en serio, para siempre y gratis. Algo muy emocionante por lo que dar gracias, sin que parezca que te disculpas.
Si a mí me hubiera tocado vivir en 1212, no habría mirado la batalla desde la grada. Junto a los tres reyes, formando parte de sus séquitos de caballeros o de las milicias concejiles o de las órdenes, habría cargado contra los innumerables guerreros del desierto y el parapeto de cadenas y diez mil esclavos del califa. Y quizá habría dado allí la vida o tal vez un año después junto a Pedro II y otros paladines en el combate de Muret. Habría sido un español de mi tiempo, tan honesto y entregado como procuro serlo del presente y ¿quién no?
España circula por nuestras venas, si morimos todos muere España, si nos vamos todos se va España, si nos separamos se divide España. No es el suelo, es la historia.
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