Usnavy es ecuatoriano y está parado en España. ¿Qué digo parado?, está atrapado en España. Hace tiempo que sobrevive haciendo chapuzas, aparcando coches y mendigando si es preciso, y que no gana sino para comer poco y llamar a casa con los minutos de la conferencia contados. Al principio todo tenía sentido y, cuando terminó de pagar el billete de avión más los abusos, le daba para enviar un sueldecito a su familia cada mes, pero, desde que empezó esta maldita crisis, cada día se deja la vida y las ganas de vivirla para nada. Cada vez que habla con su mujer y sus dos hijos finge que no llora, cada vez que llama por teléfono a su Nancy celebra en silencio el día de la madre locutorio. En silencio.
Nileen es inglesa y se siente prisionera en su cuerpo. Sabe, estas cosas se saben o no se saben, que es la reencarnación de la reina egipcia Nefertiti y, sin embargo, por un fatal capricho divino nació con los rasgos de una feliz granjera irlandesa. Desde 1987, año en el que sus sueños le recordaron su verdadera personalidad, se ha sometido a 53 intervenciones en la cara (ocho operaciones de nariz, tres implantes de mentón, un levantamiento de cejas, dos cirugías de labio, cinco oculares, prótesis de mejilla, liftings, mini-liftings y veinticuatro ajustes menores) que le han costado 250.000 euros. Lo peor es que nuestra faraona ha tenido que sacrificar el colegio en el que estudiaba su hija Rachel para poder costear su siguiente paso quirúrgico. A veces cuando Nefertiti se queda dormida, la niña le coge la mano y piensa que no entiende por qué se causa tanto dolor y mirándola sin reproche celebra el día de la madre enferma. Sin reproche.
Agapito era gallego y murió hace poco, después de pasar 79 de sus 82 años ingresado en el mismo hospital. Fue abandonado en Pontevedra en 1933, padecía problemas motores en las piernas y en un brazo y era discapacitado psíquico. Nadie sabe explicar muy bien cómo lo adoptaron para siempre las monjas en aquella habitación 415 del sanatorio, pero lo cierto es que desde el día de su entrada ya nunca salió de allí. La 415 fue la casa de su vida y los médicos, la guerra, los presidentes de la diputación, las pastillas de chocolate, los antibióticos y las revistas con fotos pasaron con el tiempo mientras nuestro alegre inquilino se hacía viejo sin salir del cuarto. Sólo un día en toda su vida hizo una excursión para conocer el mar, lo llevó un celador, bueno un amigo, y frente al inmenso azul de las Rías Baixas, Agapito pensó que alguna vez debió mirar a la mujer que no lo quiso y que, aunque olvidó su rostro, le gustaría poder recordarlo para celebrar con los ojos cerrados el día de la madre perdonada. Con los ojos cerrados.
Laura me contó que el sábado tuvo que dejar a sus hijos con una vecina y disculparse en el trabajo para ir a Logroño, donde su ex marido llevaba una semana borracho en un banco del parque. Y recogerlo, ducharlo, darle de comer y regresar deprisa, habiendo procurado aparentar confianza ante sus promesas de que no volverá a ocurrir, mientras celebraba en su interior el día de la madre duplicada. Y Enriqueta que celebra el día de la madre confidente cuando visita a la suya en el cementerio los domingos por la mañanita temprano y le cuenta sus amores y sus desamores, y luego se va a tomar el sol y luego a bailar. Como Manolo, viudo imprevisto por un accidente de tráfico, con sus cuatro pequeños siempre alrededor y que, cuando puede, entre el deporte extra-escolar, los baños y las cenas, celebra el día del padre madre. Sí, igual que todas las madres del mundo, atentas, repartidas, exiliadas, imprescindibles o insomnes, sin las que ni se nace ni se puede vivir
El mundo real está compuesto por millones de circunstancias personales que llenan el vacío de la noche como las galaxias ocupan por completo el universo. Millones de problemas que buscan solución, lágrimas que esperan consuelo, soledades que suspiran por un poco de ayuda. Y los políticos a menudo, o casi siempre, nos olvidamos de esas personas con las que convivimos y que nos justifican y creemos trabajar sólo para que nos contemple la Historia. Pura vanidad, la Historia no es otra cosa que un río lleno de seres humanos que viajan sumándose. Lo hacemos por ellos, o deberíamos hacerlo por ellos porque la política es de las mujeres y los hombres y no de los libros ni de los mármoles. ¿Será que los políticos somos los únicos que nunca tenemos un día de la madre que celebrar?
Si nos atreviésemos a descubrir y practicar la política de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo humano, quizá perdiésemos prestancia institucional y majestad, pero descubriríamos lo ridículos que resultamos los altos cargos cuando le concedemos más importancia a un protocolo o una declaración solemne que al día de la madre. Si nos atreviésemos.
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