Mis hijos y yo hemos leído en el periódico que el jugador hindú Viswanathan Anand ha revalidado el título de campeón del mundo de ajedrez frente al búlgaro Véselin Topálov. Dicho así parece otra noticia deportiva más, sin embargo debo añadir que el aspirante contó con la ayuda de un superordenador de 112 núcleos y casi nueve mil procesadores, además de la última versión aún no comercializada del mejor programa de juego, y que perdió. Cuando Anand supo que se enfrentaba al mayor computador de la historia pidió ayuda a sus viejos camaradas, los ex-campeones Gary Kaspárov y Vladímir Krámnik y el joven gran maestro noruego Magnus Carlsen, y juntos se prepararon para enfrentarse a lo que viniera del otro lado del tablero. Y los cuatro amigos vencieron al robot gigante, los antiguos mosqueteros volvieron a poder con el cardenal, los hobbits de nuevo erguidos frente al señor oscuro, otro penúltimo alarde de Cromagnon ante la inteligencia artificial de Matrix. Un cuento, una hermosa partida de ajedrez.
Aprendí a jugar con mi tío Guillermo, asombrado por unas piezas antiguas que representaban guerreros moros y cristianos que, en mi imaginación de niño cuatro ojos, representaban la realización de cuantas leyendas me poblaban. Era el tiempo del épico enfrentamiento entre Bobby Fischer y Borís Spassky y tenía yo, además de pocos años, un profesor llamado Don Manuel que, con un gran tablero de corcho y peones y alfiles de cartulina sujetos con chinchetas, nos reproducía en clase cada jugada con todas sus anécdotas y connotaciones bélicas. Desde aquel tipo que se apostó la oreja, ¿o era la mano?, a favor del ruso hasta los intentos de envenenamiento del joven genio americano. De este modo, puede decirse que llegué al ajedrez, como a casi todo en la vida, por la literatura.
Soy un hombre completo, puedo decir que he enseñado a mis hijos a montar en bici, a no mentir más que para confundir al poder, a querer con locura, a perdonar a su padre, a no hacer ruido al comer palomitas en el cine, a bucear en la bañera, a distraerse con el vuelo de una mosca, a creer en John Silver el Largo, en Ivanhoe y en Atticus Finch, a cazar lagartijas y a jugar al ajedrez. A María le pinté un caballo de rosa con un corazón de nata sobre los ojos para que se paseara un día como una princesa y a Piluca, como es aún muy pequeña, la llevo sobre mis hombros por la calle para que crezca sin vértigo al mirar la vida desde arriba. Xixo, el mayor, llegó incluso a disputar con honor sendas simultáneas ante los mismísimos Anand y Spassky, lo que es casi como cruzar espadas con Alatriste, disparar contra Liberty Valance o recibir carta de Jane Austen. Para mí, el ajedrez forma parte de la infancia, madre patria de la vida y la imaginación, del verdadero por qué de las cosas. Y por eso me considero un padre afortunado, porque comparto con los niños que las aventuras te pueden suceder, si te atreves.
Mis hijos y yo pensamos que una partida de ajedrez es siempre como un libro nuevo que se abre por primera vez, con su planteamiento, nudo y desenlace, con sus damas atrevidas o esquivas, sus sacrificados peones anónimos, sus torres inexpugnables y sus caballos atrevidos. Pero, sobre todo, con sus innumerables finales. Es imposible saber cómo o cuándo terminará un lance de ajedrez y en eso es como la existencia, impredecible. Por tanto que un ordenador llegara a saberlo todo del ajedrez sería horrible, sería tanto como empezar a programar la fantasía, el azar, la precipitación, el miedo o el amor. El principio del fin de la literatura y, por consiguiente, de la libertad.
También dice el diario que aumentan las depresiones entre los militares en misión internacional porque sienten que la sociedad no comparte los valores por los que se juegan la piel y lo que hay debajo de la piel. A esto me refiero cuando propongo no rendirnos ante una época que se asombra antes con la prodigiosa exactitud de un autómata que con las hazañas que logra una persona que lucha por otras, que antepone el álgebra a la épica y la informática a la pasión.
Nosotros somos voluntarios para todas las partidas de ajedrez que queden por librar contra todas las máquinas del mundo. Y aunque perdamos, compareceremos por el honor, tal y como mis hijos me han enseñado que se hace por la vida.
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