Para Carlos P.
Cuando Roy, un replicante del tipo Nexus-6, se apaga en la película Blade Runner, recita su despedida casi como un poema épico, o como una oración fúnebre: "He visto cosas que vosotros no creeríais, naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhaüser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir." Roy es un robot pero muere y sufre por ello, haciéndonos comprender que libertad y vida son palabras diferentes para decir lo mismo, también que es inevitable que cuanto existe se angustie ante el abismo de la desaparición. Pero, sobre todo, lo que el androide que llora pone de manifiesto es que todos los esclavos terminan siempre rebelándose contra lo injusto de su condición, que lo inaceptable es la esclavitud y que la naturaleza de quién la padece no la hace menos inmoral.
Da lo mismo que el trabajador explotado sea africano, indio o europeo, al final el daño es idéntico. Si se degrada a un ser humano se nos humilla a todos, porque lo hiriente es que se pueda menoscabar la dignidad de una persona y no su nombre, su patria o su religión. Comprar productos fabricados por niños sin escuela, por adultos que se entregan a cambio de lo justo para comer o por ancianos que no pueden retirarse si no es para sucumbir, aunque ocurra en países lejanos y extraños, nos hace cómplices de esa situación. Creo que está claro, disponer de horario laboral con días de descanso y salario pactado, de sanidad universal o de un sistema de pensiones estable y suficiente, no resulta un lujo ni un capricho, es el resultado de cruzar eficiencia con democracia, libertad económica con libertad política, industrialización con derechos fundamentales, diseño con respeto y futuro con progreso.
España padece una profunda crisis económica, una crisis crónica porque nos sobrevino a la vez que al resto de países europeos pero ellos la superaron hace tiempo y, en nuestro caso, parece que se nos va a quedar pegada a la piel. La infección inmobiliaria, cuya fiebre ayudó a otros a pegar un estirón, se nos ha complicado y tendremos que acostumbrarnos a vivir con asma institucional y bajas defensas sociales por ahora. Pero eso no es lo más grave, peor resulta que, como siempre, la hecatombe financiera ha conllevado un cambio en la geografía económica mundial, igual que los terremotos destruyen y construyen paisajes, y cuando despertemos de nuestra pesadilla tal vez no reconozcamos el panorama que nos vamos a encontrar. Esto ya no es una crisis, o lo sigue siendo sólo para España, estamos ante un cambio de escenario histórico y China, que hace unos años era la tierra de las oportunidades, ahora es el modelo.
Mientras España convalece dormida el universo se transforma. Por eso es muy importante que los españoles no confundamos lo que nos pasa a nosotros con lo que les pasa a todos, porque podríamos querer resolver nuestros problemas de nación que tiene que modernizarse con soluciones de Estados emergentes y desbocados, y hacernos daño. Por más que la depresión se haya adueñado del espíritu colectivo, constituimos un pueblo que sale adelante bajo el imperio de la ley, con sus libertades garantizadas, relaciones laborales equitativas, educación para todos y asistencia para los que peor suerte han tenido. Y todo esto que tanto ha costado a tantos no podemos dejarlo de lado simplemente porque, por amor a la productividad de los chinos, hayamos redescubierto que la política es esencialmente economía y que la economía no tiene corazón. Recordad que lo contrario también es cierto, que la política es la mano que escribe los números y las cuentas, que la política es el arte de compensar a ojo las diferencias que matemáticamente produce la economía.
Dice la leyenda diplomática que, durante el histórico viaje de Nixon a China en el 72, Henry Kissinger preguntó al primer ministro maoísta su opinión sobre el impacto de la Revolución Francesa en occidente. A lo que el chino respondió: "No se puede saber, se trata de un suceso demasiado reciente". Sostienen, los que justifican el tipo de despertar capitalista representado por el sur y el este asiático, que el tiempo pasa en oriente con más lentitud y que, por eso, las reformas políticas se tienen que hacer esperar un poco. ¿Tanto como los efectos de la Revolución Francesa? No, claro que no. Es una excusa para producir barato y sin competencia. ¿Libre mercado sin democracia?, eso ya lo inventó el franquismo y lo llamó tecnocracia.
China es el modelo del nuevo orden económico mundial, y no se trata de un prototipo inacabado. El modelo chino es así, como lo vemos; economía capitalista con política comunista, fábricas y autoridad, finanzas y jerarquía, sociedades anónimas y formación del espíritu nacional. Yo pienso que una cosa y otra serán incompatibles con los años y que, tarde o temprano, se demostrará que la falta de derechos civiles también hace imposible la vida en el mercado. Pero, de momento, todo apunta a que los próximos años serán chinescos, de reforzamiento del poder masificador de los Estados y despersonalización de los intereses y los negocios. Y me niego a aceptar que esa sociedad sea inevitable.
Poco antes del final, Roy, el androide de Blade Runner, susurra: "Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo". No importan las cifras de crecimiento económico, ni cualquier otro dato macroeconómico, importa el miedo. No importa la cotización del dólar o el petróleo, importa el precio de la bala que los familiares tienen que pagar cuando se ejecuta a un desgraciado en China, importa el miedo. El miedo es el cáncer de la libertad y con miedo no se puede vivir. Con miedo ni siquiera se puede morir de verdad, como muere una lágrima en la lluvia.
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