Dicen que Franco aconsejaba a sus ministros que no se metieran en política. Por suerte sólo aquellos ministros, y no todos, debieron seguir tan turbio consejo porque cuando el dictador murió todo el pueblo español se metió en política a la vez y arrancó la democracia. Amaneció sobre nosotros.
El principio de todo esto, de las libertades, las autonomías y Europa, fue la Transición; algo más que un cambio de sistema de gobierno apoyado en la legalidad vigente y también algo más que la instauración pacífica de un Estado de Derecho. Nuestra Transición, en esencia histórica, aconteció como un contrato social entre españoles por el que renunciamos a considerar la persecución un método de acción política legítimo, y aceptamos convivir y respetarnos, componer una Nación unida pero plural y confiar en instituciones de gobierno neutrales que garantizasen el juego limpio entre mayorías y minorías. Una absoluta novedad en la historia de España, todos los españoles metidos en política y en paz.
Para que la evolución de la dictadura al parlamentarismo fuera posible tuvo que actuar el primero y más esencial y legítimo de los poderes políticos, aquel que los juristas llaman poder constituyente. El único que puede establecer una nueva Constitución democrática. Es importante dejar claro que la nueva Constitución es democrática porque eso significa que el consentimiento para su aprobación pertenece a todos y no a una mitad frente a la otra. Y no a los rupturistas frente a inmovilistas o algo parecido, tan de nuestra maniquea tradición de salvadores y culpables.
Por tanto, en 1978 los ciudadanos no sólo cambiamos nuestro modo de gobernarnos, además iniciamos un régimen constitucional inédito en el pasado, inauguramos un Estado diferente del anterior y nacido del auténtico poder fundacional de España. Había entonces, y hay ahora, quienes hubieran querido ir más lejos en reparaciones ideológicas o autogobiernos regionales por ejemplo y también quienes pensaron lo contrario, pero la Constitución para poder ser de todos, esto es democrática, conllevó la renuncia de cada uno a su programa máximo. Recogió el mínimo común múltiplo del pensamiento libre español y le llamó consenso, dejando los viejos comunes divisores en el terreno adjetivo de la memoria histórica.
Pertenezco a la primera generación de políticos españoles que ha tenido la fortuna de encontrarse una democracia ya hecha, tal vez a la única generación de políticos españoles que no ha dictado su propia Constitución. Quienes nos precedieron dejaron establecido un texto constitucional y unas normas de comportamiento institucional que permiten saltarnos en esta oportunidad la repetida discusión de todo desde su origen. Y nos legaron sobre todo su espíritu de concordia, fraternidad y superación de las diferencias. Pero, como si el presente no creara suficientes dificultades, siempre parece que una parte de la izquierda y otra de la derecha están empeñadas en volver a recrear algunos problemas y conflictos que solucionamos hace más de treinta años.
La Transición consistió en la formación de una nueva y definitiva España, no una etapa o un episodio más. Algo así como el Big-Bang de las libertades y los derechos civiles para nosotros. Y nos dejó una constelación de héroes vivos, santos civiles y padres fundadores como nunca habíamos tenido en el cielo español y que aún tardaremos en ordenar. Y trabajo para que, aunque vengan muy mal dadas y haya quien quiera mirar atrás con ira, siempre sigamos todos metidos en política y juntos, como al principio del principio de todo, cuando la democracia empezó.
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