Ignoro si en la intimidad de la Moncloa, lejos del ruido de la calle y de la furia del Congreso, Zapatero se permite el lujo de la autocrítica, la coquetería de la introspección. Lo dudo. No lo toleraría el instinto de supervivencia de un hombre acostumbrado a los ataques, pero no a la derrota. En su caso, la crítica más constructiva es una enmienda a la totalidad. Zapatero tendría que pedir perdón públicamente por hundir a España en la ruina y emprender el camino de la Zarzuela, como Aznar le instó a González en aquel famoso debate.
Entre los despropósitos que jalonan esta primera mitad de legislatura, hay uno primordial: el nombramiento de la vicepresidenta segunda y ministra de Economía. Ahora que todos hacemos leña del junco caído que es Fernández de la Vega, toca recordar que el gran error político de Zapatero fue sustituir a Pedro Solbes por Elena Salgado. Fue una decisión asombrosa, soberbia, desastrosa. Un punto de inflexión. O, mejor dicho, un punto de no retorno. El instante a partir del cual toda esperanza de rectificación, toda expectativa de recuperación, se derrite, disipa, deshace y disuelve. Suben el déficit, el paro y los impuestos. Bajan el crédito, la confianza y el consumo. Salgado es a la economía española lo que Catherine Ashton a la Unión Europea: hechura del egoísmo, oportunidad perdida, sinónimo de resignación y presagio de un rotundo fracaso.
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