Ayer se cumplieron catorce años desde el primer triunfo electoral del Partido Popular en unas elecciones generales. Yo estaba entonces en mi último año de carrera en Inglaterra. Era feliz y consciente de mis privilegios: veintiún años, independiente, a muchos kilómetros de casa, en una de las universidades de más prestigio, belleza y tradición del mundo. Tutoriales dos veces a la semana; el resto del tiempo, entre la penumbra amarillenta del Bodleian Library y el vaho bullicioso del Kings Arms' Pub. Los sábados, lentos paseos en barcaza por el río y juerga hasta que se quejaran los vecinos. Nos creíamos los protagonistas de la primera mitad de Retorno a Brideshead: héroes de un sueño sin fecha de caducidad.
Apenas conocía la vida real. Y la realidad política española, todavía menos. Sin embargo, sí recuerdo las portadas del cambio en España. En la foto, un hombre de aspecto funcionarial, corbata roja de flores como única concesión a la frivolidad, saludaba con tensa y reprimida emoción a una multitud aliviada. Quedaba inaugurada una de las etapas más brillantes de la Historia de España. Una etapa impulsada por la claridad y la ambición de un proyecto político: que España dejara de ser una anomalía histórica, exótico objeto de condescendiente fascinación, para convertirse en "una de las mejores democracias del mundo". Con todo lo que implica esa expresión: regeneración democrática, cohesión nacional, prosperidad económica y protagonismo internacional. Como principio inspirador de toda acción gubernamental, un concepto: la libertad.
Desde la sombría perspectiva de 2010, estos recuerdos me suscitan dos reflexiones. La primera tiene como protagonistas a los jóvenes, a quienes no tuvieron mi suerte y mis privilegios, y no admite grandes adornos literarios.
Tasa de paro juvenil en 1996: 45%.
Tasa de paro juvenil en 2004: 22,8%.
Tasa de paro juvenil en 2010: 44%.
Conclusión: el socialismo es una máquina de truncar proyectos y expectativas vitales. Hoy son más de un millón los jóvenes que languidecen en las colas del paro; otra generación perdida a la que un Gobierno incompetente engañó con promesas vacías y molinos ideológicos.
Mi segunda reflexión gira en torno a la justicia. O, mejor dicho, a la injusticia. No es verdad que el tiempo ponga a cada uno en su sitio. Ni siquiera lo hace la Historia con mayúsculas, que muchas veces confunde la síntesis con la verdad. Si no, ¿cómo explicar la desmemoria de los que ahora aclaman a Rubalcaba como la bestia más negra de ETA? Rubalcaba es el del chivatazo. Rubalcaba es el "blandito". Rubalcaba es el de la impunidad para el PCTV y Jarrai. Rubalcaba es el de ANV en los ayuntamientos, donde aún siguen para oprobio de nuestra democracia. Ése es Rubalcaba y siempre lo será.
Cuando miremos hacia atrás (ojalá desde la atalaya de una España mejor), al que tendremos que hacer un reconocimiento por establecer las bases ideológicas, legales y políticas para el fin del terrorismo es al Gobierno de Aznar. Suya fue la política de acoso policial y judicial a ETA. Suyo fue el rechazo a cualquier chantaje o cesión. Y suya fue la Ley de Partidos Políticos, uno de los instrumentos más eficaces desarrollados por la democracia española en defensa propia y de la libertad. Si es que Zapatero y Rubalcaba lo permiten, la gigantesca importancia de esta Ley volverá a quedar de relieve en las elecciones municipales y autonómicas del año que viene: quince años después de que un hombre de aspecto funcionarial, con corbata roja de flores como única concesión a la frivolidad, celebrara con tensa y reprimida emoción una victoria que todavía muchos no le perdonan.
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