España rozó ayer el larguero del final de una era. La de un hombre que, detrás de una sonrisa beatífica y contagiosa, escondía una mezcla corrosiva de soberbia y temeridad. Ayer, con la cabeza doblada, la mirada perdida, la mandíbula agarrotada, refugiado en el burladero de su escaño, incapaz de subirse a la tribuna a dar la cara ante los pensionistas ni ante los españoles ni ante su propia bancada, era la imagen más cruda y dolorosa del fracaso político: un presidente hundido por hundir a su país. A su lado, esparcidos por los bancos azules, los restos humanos de un Gobierno destrozado: una vicepresidenta primera fantasmagórica, una vicepresidenta segunda anímica y políticamente hecha trizas; un vicepresidente tercero de pega, que todos los días sueña con el paraíso perdido andaluz.
Zapatero ya no tiene quien le justifique. Ni la prensa extranjera a la que un conocimiento más próximo del teórico presidente de turno de la Unión Europea le ha permitido romper la barrera del "lost in translation". Ni esa quinta columna formada por los columnistas de la vieja prensa afín, que ya expresan en público los reproches y las críticas tantas veces susurradas en privado. Ni el nutrido colectivo de ex ministros, que se han convertido en las "fuentes muy acreditadas" de las que se sirven las crónicas más demoledoras sobre el cuestionado liderazgo socialista. Zapatero es hoy sinónimo de soledad y antónimo de recuperación. Es un presidente en cuarentena. Un presidente con fecha de caducidad.
Hoy los españoles podríamos estar preparándonos para acudir a votar. Probablemente lo haríamos en masa y la mayoría, con el ánimo de castigar a quien ha defraudado hasta a los más exaltados prosélitos de la ceja. Si no lo estamos es únicamente porque Convergencia i Unió ha decidido practicarle un boca a boca temporal a Zapatero. Dijo su portavoz, Durán i Lleida (merecidamente aclamado por los diputados socialistas), que lo hizo "por responsabilidad".
Ver a un nacionalista envuelto en la bandera del interés general es siempre motivo de una honda y recóndita satisfacción. Sin embargo, hay poco de sincero en las apelaciones patrióticas de CiU. Su decisión de abstenerse y así permitir la aprobación del mayor decretazo antisocial de la democracia es la triste consecuencia de un frío análisis partidista y electoral: han querido evitar que las elecciones generales coincidan con las catalanas porque ello habría favorecido a Montilla y su gente. Puro oportunismo. Y pura irresponsabilidad.
Sí, irresponsabilidad, porque retrasar la salida de Zapatero, aunque sea seis meses, es retrasar la salida de la crisis. Es retrasar el proceso de recuperación de una economía que está pidiendo a gritos la inyección de confianza que sólo puede darle un nuevo liderazgo con un proyecto político solvente, coherente y valiente.
Entre los menguantes argumentos que maneja el Partido Socialista figura la crítica a la petición de elecciones anticipadas como la muestra de un ansia impúdica y egoísta de poder. Curiosa manera de entender la política. Extraña forma de concebir el poder político, como un fin en sí mismo, en lugar de como medio para mejorar la vida de la gente, la situación de la economía, el prestigio de España, la calidad de la educación, la seguridad de los españoles, su libertad.
Pedir elecciones anticipadas es reclamar la posibilidad de comparecer con valentía ante los ciudadanos para ser juzgados. Es reclamar la posibilidad de ponerse al frente de España en uno de los momentos más difíciles y críticos de su historia reciente, cuando coinciden en el tiempo tres enormes desafíos: la recuperación económica, la reconstrucción institucional y la restauración de la maltrecha cohesión nacional. En definitiva, es reclamar el derecho de los españoles a decidir su destino y el de España a recuperar su lugar entre las mejores democracias del mundo. Zapatero debe marcharse y los demás, contribuir a que lo haga cuanto antes. Por patriotismo. Y, sobre todo, por responsabilidad.
Artículo publicado en El Mundo el 28 de mayo de 2010 con motivo de la votación del decretazo de Zapatero.
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