España rozó ayer el larguero del final de una era. La de un hombre que, detrás de una sonrisa beatífica y contagiosa, escondía una mezcla corrosiva de soberbia y temeridad. Ayer, con la cabeza doblada, la mirada perdida, la mandíbula agarrotada, refugiado en el burladero de su escaño, incapaz de subirse a la tribuna a dar la cara ante los pensionistas ni ante los españoles ni ante su propia bancada, era la imagen más cruda y dolorosa del fracaso político: un presidente hundido por ...