Agosto es, necesariamente, Tiempo de silencio, pero no en el sentido que le dio a esa expresión Luis Martín-Santos, para quien ese mutismo equivalía a miedo o falta de libertad, sino justamente a la manera opuesta: como la gran oportunidad que es de retirarse a la indagación de nuevos horizontes, de ideas por descubrir, de paisajes que es preciso explorar en soledad para después poder regresar con la noticia del hallazgo y compartirlo con todos. Así que durante un mes este blog permanecerá en un meditado y concentrado silencio, que a menudo viene a ser como el barbecho de toda actitud sensata. No en vano dice el refrán que "agosto madura y septiembre vendimia".
Creo que era Borges quien advertía contra la superstición de creer que todos los días hay algo nuevo bajo el sol de lo que es preciso enterarse por los periódicos. Qué no hubiera dicho de tener que rastrear esas supuestas novedades no ya cada día, sino cada minuto, por Internet. Si incluso Marañón protestó por los diarios vespertinos: le parecían una insistencia absurda. En el lujo de la perspectiva universal e intemporal que ambos podían permitirse, ése es sin duda un desdén muy lúcido. Pero quienes vivimos inmersos en el detalle de las cosas, porque ésa es nuestra vocación, no cabe sin embargo esa toma de distancia, salvo, claro está, en verano, cuando intentamos adivinar cómo sería una vida dedicada a lo esencial. Lo importante, con todo, es que si la advertencia de Borges es cierta, también puede serlo su conclusión lógica: que es una superstición pensar que todos los días hay algo nuevo que decir. Los problemas son persistentes y las soluciones a menudo requieren tiempo y constancia, por lo que, más allá de un punto, todo discurso es redundante, hasta que la elocuencia del trabajo termina hablando, más adelante, por sí sola. Sin embargo, nuestra vida pública está invadida por un sinfín de voces que se sienten obligadas a no callar nunca, como si hubiera que conjurar el fantasma de un horror vacui que no tolera el silencio. Ese productivo silencio que es la marca de los hombres juiciosos, de aquellos que, como el Hugo Von Hofmannsthal de la Carta de lord Chandos, pueden llegar a repudiar el lenguaje con tal de vivir en la verdad. Habría que hacer, en fin, una apología del silencio, como tantas veces se hace de la palabra.
Durante cuatro meses, este blog ha tratado de hablar sólo cuando tenía algo que decir, sin ánimo de molestar ni hacer ruido, con el propósito de aportar, en la modesta medida de sus posibilidades, algo de razón y de sinceridad en el discurso no siempre tranquilo de nuestra vida política nacional. A través de una treintena de comentarios, ha intentado que la crisis económica, la desorientación institucional e incluso los cambios que estamos viviendo a escala internacional no fueran un estéril motivo de desconsuelo, sino una oportunidad para empezar a pensar cómo salir de esta situación. Gigantesca tarea para tan poco resultado, dirán algunos. Cierto. Pero creo que vale la pena intentarlo. Porque el problema de nuestro país, decía Ortega, no es que fracase en muchas cosas, sino que intenta muy pocas.
No me hubiera podido perdonar no haber hecho ese intento de reflexión contando, además, con el mayor de los estímulos: el consejo, a veces generoso, otras más crítico, de todas las personas que se han tomado la molestia de seguir este blog y han dejado su comentario en él. También a ellos les doy ahora un mes de tregua, además de las gracias.
Gracias, pues, a todos, y feliz verano. Nos reencontramos en septiembre.
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