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05
2010
Jul
Pensar institucionalmente

La superación de la crisis requiere entre otras cosas un refuerzo de las instituciones. Éstas son importantes porque, además de representar a la sociedad, constituyen un elemento de legitimidad que avala democráticamente las decisiones necesarias en momentos de cambio como el actual. Y entre las instituciones, hay una en la que no solemos pensar como tal, pero cuyo buen funcionamiento es vital en una sociedad compleja: la gestión de la información. Se trata, eso sí, de una institución dispersa, presente en todos y cada uno de los ámbitos en los que se desarrolla nuestra vida. (Si bien son las de esa clase, precisamente, las más poderosas). La gestión de la información ha dado lugar a sucesivos avances históricos, desde la distribución del trabajo, en la remota sociedad neolítica, al nacimiento de la informática, al rayar el tercer milenio, o sobre todo la organización en red. Pero seríamos unos ingenuos si pensáramos que esta institución, tan difusa como real, ha alcanzado ya la perfección. Antes al contrario, la manipulación, el malentendido y la falta de transparencia forman parte de la misma civilización que es capaz de anticipar cómo evolucionará en el futuro la situación metereológica a partir de un gran volumen de datos, o que envía imágenes o sonidos de un extremo a otro del planeta con sólo hacer un click, cuando no los hace llegar desde millones de kilómetros remitidos por una sonda espacial. A esa contradicción a menudo dolorosa entre lo que podemos saber y hacer y el uso que queremos dar a esas capacidades la llamó Jean-François Revel, en un libro memorable, El conocimiento inútil.

 

Viene a cuento esta reflexión porque el Consejo de Europa acaba de criticar muy duramente la "falta de transparencia" y la gestión informativa que la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo de la pandemia de gripe A. Hay sospechas de que no todas las alarmas estuvieron justificadas, "reforzando los miedos entre la población", que sin duda se atuvo de buena fe a las recomendaciones que recibía de un organismo de cuyos motivos no se le ocurrió dudar. No se trata ciertamente de un caso único en la historia. Dando un paso más, que nos llevaría ya directamente al terreno del fraude, podríamos recordar, por ejemplo, la impostura del científico surcoreano Hwang Woo Suk, que durante un año hizo creer al mundo que había hecho grandes progresos con células madre en embriones humanos clonados. Y en otro terreno, han hecho historia timos como el de Janet Cooke, periodista del Washington Post que recibió en 1980 un premio Pulitzer que tuvo que devolver por haberlo ganado con un reportaje falso, o el reciente Tommaso Debenedetti, autor de alrededor de ochenta entrevistas falsas con toda clase de personajes, y que según ha desvelado pudo vender, como freelance, sin ningún suscitar ningún recelo.

 

Naturalmente, el caso de la OMS es menos grave, en la medida en que había un fondo de verdad en sus mensajes, pero lo es más, en tanto que no afecta a un defraudador individual, sino a un organismo internacional en el que presuponemos rigor y honradez. La consecuencia en todo caso es la misma: un descrédito de instituciones relevantes, que lo son por manejar información -instituciones sanitarias, científicas, periodísticas-, y que no hace sino alejar al ciudadano de éstas, abriendo camino al populismo, a las visiones conspirativas y, en definitiva, a la irracionalidad y el pensamiento mágico que vienen siempre a ocupar el hueco que deja la lógica cuando ésta falla por descuido o interés. Ese riesgo, que a veces conduce a las sociedades al caos, y siempre a una regresión y una pérdida de tiempo, nos recuerda que la complejidad del tratamiento de la información no debería hacernos olvidar que ésta es mucho más que un producto artificial. En origen, los hechos se producen por sí mismos, y por más que requieran de un observador para llegar al gran público, el relato de aquél nunca debería alejarse demasiado de la realidad que les da pie. Sabemos, desde que Heisenberg formuló su famoso principio de incertidumbre, que las circunstancias de la observación afectan al fenómeno. Pero eso es una cosa y otra bien distinta que sea el propio observador quien lo determine por completo. De lo contrario, puede ocurrir que la próxima vez los ciudadanos vuelvan la espalda a una advertencia fundada, que descrean de sus instituciones de gobierno, que piensen que cualquier denuncia periodística es falsa, y que, en definitiva, se sientan más solos y desorientados justo en un tiempo de crisis.

 

¿Cuál es la solución? Por supuesto, atenerse honradamente al dato, la transparencia y el pensamiento lógico, sin tomar fáciles atajos sentimentales hacia el público, de cuya capacidad intelectual no puede dudarse. No se trata de frialdad, sino de una emoción más contenida, pero también más profunda y verdadera, que es la que emana de tener un cierto sentido de las instituciones, ése que a menudo vemos escarnecido por el populismo más rampante. Bien entendido que las instituciones, en una democracia como la nuestra, no son o no deben ser nunca un postizo que rivalice con la sociedad, sino un cauce por el que ésta encuentre el modo de discurrir y hacerse fértil. Porque una sociedad liberal, en fin, no es una sociedad desarticulada, sino más bien la que sabe organizarse conforme a un sistema de valores y los cultiva en el seno de las instituciones que libremente promueve. El profesor Hugh Heclo lo llama, en un ensayo con ese título, Pensar institucionalmente. Que sean sus palabras las que concluyan este post: "El modo institucional de pensar inyecta el interés por algo más que las pretensiones personales de poder y ventajas temporales. Cuando hay, al menos, algunas personas a nuestro alrededor que piensan institucionalmente, hay también una mayor probabilidad de que se nos diga lo que necesitamos oír, más que lo que queríamos oír [...] En el ambiente actual de desconfianza cínica, hay, al menos, una cosa que ustedes y yo podemos proponernos (de manera realista) para elevar el nivel de confianza sana presente en la sociedad. Puede que sea incluso la única cosa que podamos hacer. Me refiero a esforzarnos por ser acreedores de esa clase de confianza".

 

 

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1 Comentarios

comentario

1

la primera fuente ha dicho el 05/07/2010 a las 21:21:07h
Interesante artículo. Un saludo.

 

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