Recién llegado de la asamblea plenaria que cada dos años celebra la Unión de Ciudades Capitales de Iberoamérica (UCCI), constato la nueva hora que se vive al otro lado del Atlántico. Aún con su propio acento y sus necesidades específicas de desarrollo, lo cierto es que la crisis se percibe allí de un modo diferente. Con tasas de crecimiento cercanas al 5%, el estancamiento europeo parece quedar muy atrás, lo que, desde la óptica iberoamericana, autoriza a un moderado optimismo. Tanto es así, que hace unos días el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti afirmaba que Iberoamérica vivió entre 2003 y 2008 los cinco mejores años de su historia en términos económicos. No es raro: por primera vez en mucho tiempo, las materias primas que el Continente americano atesora han empezado a alcanzar un valor razonable en los mercados. Pero no todo se debe a esa apreciación de los recursos naturales. Pues, a pesar de que Sanguinetti critica también el sistema universitario iberoamericano, la mejora de la educación puede estar detrás de este progreso. Según un estudio del Programa de la ONU para el Desarrollo, la extensión de la educación básica ha propiciado una importante reducción de la brecha social en los últimos años. Desde 2002, 37 millones de personas han salido de la pobreza. No es una utopía, en fin, imaginar una Iberoamérica asentada en unas clases medias crecientes, y, por tanto, democráticamente estable.
La UCCI se sitúa en el corazón de ese progreso. Siempre ha tenido un carácter pionero, de precursor. Cuando se creó en 1982, fue un embrión de lo que luego serían las Cumbres Iberoamericanas. Pero sus fundadores intuyeron, además, algo fundamental: el protagonismo emergente que pronto revelarían las grandes ciudades. Ahora más de la mitad de la población mundial habita en entornos urbanos. Pero hace 28 años, cuando la globalización estaba menos avanzada y la Guerra Fría reservaba los contactos internacionales casi en exclusiva a los gobiernos estatales, no era tan sencillo adivinar que muchos de los grandes temas de debate girarían pronto en torno a las ciudades. Desde entonces, la UCCI ha desempeñado un valioso papel capacitando a los funcionarios de las capitales iberoamericanas e intensificando la colaboración entre ellas. Un mismo problema, sin embargo, retiene una parte importante de su potencial: la escasa visión de futuro de otros niveles de gobierno, que no terminan de comprender este papel de las ciudades como motores del crecimiento. De ahí la carencia generalizada de un sistema de financiación suficiente que permita ofrecer todos los servicios que los ciudadanos demandan a sus gobiernos municipales. No es aventurado pensar que, si los Estados liberaran los recursos que precisan sus capitales, seguramente acelerarían el desarrollo notablemente, dejando la crisis bien atrás.
Iberoamérica busca hoy su propio camino, ensayando nuevas alianzas, abriendo espacios de intercambio comercial, buscando una pujanza diplomática inédita. Pero al mismo tiempo, hay quien afirma que ha dejado de existir como tal, y que se disgrega a pasos de gigante, repartiéndose en bloques de intereses distintos. Es el caso del mexicano Jorge Volpi, cuyo provocador y estimulante libro El insomnio de Bolívar pude presentar el año pasado. Puede haber algo de todo esto, pero entretanto la UCCI sigue trabajando, estrechando los vínculos de las capitales iberoamericanas en torno a elementos bien concretos, como la sostenibilidad de la gestión, la lucha contra la explotación de las personas o la calidad de los servicios públicos. Es así, desde lo más particular, lo más cercano e identificable, como se traban también las relaciones duraderas y eficaces.
En un momento en que España tiene que estar pendiente de su peso en la zona, no me parece un mal camino.
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