Cada vez que un hombre solo e inerme desafía a un Estado totalitario declarándose libre mediante el simple ejercicio de su dignidad personal -un ejercicio tan sencillo y tan audaz como decir lo que se piensa, desplazarse donde uno quiere o darle a su existencia el rumbo que mejor considere-, cabe preguntarse si merece la pena que soporte la respuesta brutal con que suele ser retribuido. Sin embargo, ésa es una pregunta que sólo corresponde a ellos plantearse, porque es en esa difícil decisión individual donde arranca el duro camino de la libertad. Hoy, cuando el prisionero de conciencia Darsi Ferrer vuelve a estar con su familia tras ser excarcelado tras once meses de prisión sin juicio, en lo que tal vez sea parte del gota a gota de pequeños gestos que la Iglesia cubana está logrando arrancar al gobierno de los Castro -en todo caso muy parciales, pues las cárceles siguen rebosando presos políticos y el propio Ferrer ha recibido una condena de un año y tres meses-, parece que encontramos motivos para el optimismo. Tal vez, a pesar de tanto sufrimiento, la lucha de las Damas de Blanco, la huelga de hambre de Fariñas e incluso la muerte atroz de Orlando Zapata a los 42 años no hayan sido en balde.
Pero no hay que hacerse ilusiones acerca de los motivos. No se trata de generosidad ni de sensibilidad en aquellos que han secuestrado la libertad de un pueblo. El cambio de actitud -si es que se estuviera de verdad produciendo- tiene que ver más bien con el papel que la lucha por los Derechos Humanos ha terminado teniendo en la liberación de muchos pueblos frente a las dictaduras que los oprimían. La experiencia histórica nos dice que esa causa, aun no siendo por sí sola suficiente para derribar a los regímenes no democráticos, sí ha sido capaz de irlos socavando hasta dejar al descubierto su falta de legitimidad y su forzosa caducidad. Naturalmente, quienes detentan el poder en esos sistemas lo saben, pero la dignidad humana de quienes renuncian a su propio bienestar para defender ciertos principios irrenunciables para todos es tan poderosa que tampoco sirve de nada la respuesta puramente represiva, que no hace sino acelerar ese proceso de descrédito y decadencia. Las dictaduras no han encontrado aún un mecanismo eficaz para impedir que la lucha por los Derechos Humanos vaya revelando el sinsentido de aquéllas: o bien reprimen a los disidentes, y quedan así en evidencia, o bien toleran que estos sigan dando testimonio de lo que ocurre, abriendo los ojos a la población. Ni una actitud ni otra puede impedir que a largo plazo ninguna estructura de poder sea más fuerte que el sentido de la integridad humana preservado en un manojo de corazones tenaces. Que son precisamente los que, al pasar las páginas de la Historia, salvan después el buen nombre de un pueblo.
Así le ocurrió a la propia Unión Soviética y su ámbito de influencia. Éste se derrumbó fundamentalmente a causa de la ineficacia intrínseca de un sistema ideológico demencial, que vivía de espaldas a la realidad. Pero desde que en 1975 la URSS aceptó incluir en el Acta Final de Helsinki una mención al respeto a los Derechos Humanos y a las libertades, la contradicción que eso suponía no hizo sino agudizar su deslegitimación a los ojos del mundo y el desmoronamiento de todo el bloque fue ya irreversible. De modo que la lucha de los Solzhenitsin, Sajarov o Havel no fue inútil, ni la de Mandela, tan de actualidad estos días, en la Sudáfrica del apartheid. Como tampoco lo será la de Aung San Suu Kyi en Birmania, Gao Zhisheng en China o el Grupo de los 75 en Cuba.
No sé si nuestro gobierno, enclaustrado en su cápsula ideológica, entiende algo de esto. Que el ejecutivo del presidente Zapatero haya insistido tanto ante nuestros sorprendidos socios europeos en derogar la Posición Común que demanda cambios en la isla parece indicar que no. Menos mal que, al menos, un puñado de hombres y mujeres libres mantienen vivo en aquel país hermano el proyecto de democracia y la dignidad humana. Al final, triunfarán.
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