Dicen que la historia acontece primero como drama, después como farsa y cuando quiere continuar el ciclo ya ni como eso. Ese inexorable deterioro es lo que ha tenido que padecer el rector de la Universidad Complutense al ser agredido por un grupo de estudiantes, contrarios, al parecer, a que algunos colegios mayores se conviertan en mixtos. Si recordamos que el famoso mayo del 68 comenzó en realidad un 22 de marzo porque los jóvenes parisinos pedían que se permitiera el acceso de las chicas a las residencias universitarias, entonces nos encontraríamos en el terreno de la farsa. Pero como tanto tiempo después no queda ni memoria perdurable de aquellos hechos ni conciencia de otra cosa que la propia exaltación, pues el suceso se queda, sencillamente, en la última categoría referida: la de la nada.
Pero la nada puede no ser inocua. Porque no es éste el primer caso de agresión que un representante público -ya sea estadista, político, escritor...- padece en los últimos tiempos. No deja de preocuparme que estas algaradas se vayan volviendo habituales como forma de expresión de lo que no pasa de ser un pensamiento pobre y unas actitudes cerriles. La democracia es el ejercicio de la razón pública, y ésta difícilmente gana vuelo a base de golpes.
A veces parece que importa más desahogar un instinto violento que buscar solución a los problemas. Quizá lo único que se busca es un público, en cuya retina se intenta dejar la imagen de abatimiento del agredido, a quien se presenta como seguro culpable en el instante de administrarle ese acto de pseudojusticia sumarísima sin derecho a apelación. La lógica subyacente es: nos saltamos el juicio y ejecutamos la sentencia; quién va a dudar, a la vista de nuestra determinación, que merecía el castigo.
Quienes trataron a Lenin recuerdan que, desde su juventud, evitaba mirar directamente a sus contricantes en los debates y se dirigía al auditorio. La razón es clara: lo que le importaba no era convencer a su rival mediante un intercambio de argumentos, sino descalificarle ante la multitud. El potencial comunicativo de la televisión, de Internet, de los medios en general, multiplica esa tentación perversa.
No hay, pues, mucha novedad en esta conducta totalitaria. Sí es posible, y eso resulta más inquietante, que pueda encontrar caldo de cultivo en una sociedad que en ocasiones eleva el tono más de lo necesario para resolver sus diferencias. Y aunque los responsables de cualquier desafuero son siempre sus autores, nos toca a todos sopesar los conceptos, medir las palabras y afanarnos en resolver las dificultades sin que el espacio público -en su más amplio sentido- se vuelva un sórdido espectáculo de ruido y furia.
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