¿Qué soluciones podemos sugerir ante la crisis del Estado del Bienestar? Algunas están ya apuntadas en el reverso de los propios problemas que lo aquejan, y que hemos ido desgranando en los dos post anteriores. Sin embargo, daremos ahora alguna más, a condición de no olvidar que la clave está en la reactivación económica, desarrollando un nuevo modelo basado en una mayor productividad como consecuencia de la incorporación de las nuevas tecnologías, de la formación continua de los trabajadores y de la estabilidad en el empleo que la reforma laboral debería proporcionar y que dudo mucho se vaya a conseguir con la que se ha aprobado por decreto. A partir de ahí, propongo dos ideas.
La primera: establecer prioridades, lo cual significa reconocer una cierta jerarquía de valores. El último premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, Alain Touraine, sostiene que la sociedad ha estallado y que ahora cada individuo sustituye los lazos de antaño por una elaboración de la identidad personal a partir de sus elecciones culturales, religiosas, de costumbres, dando lugar a tantas legitimidades sociales y políticas como personas. Si eso es por una parte expresión de la sana pluralidad humana, por otra resulta difícil pensar que pueda articular un Estado Social, pues éste estaría obligado a proporcionar por igual ayuda a domicilio a los ancianos y fiestas populares, operaciones de corazón y de cirugía estética. Pero lo cierto es que hay que ordenar esas aspiraciones y dar preferencia a unas sobre otras. Para reconfigurar el Estado del Bienestar es preciso, pues, rehacer una cierta cohesión de valores desde la solidaridad. Mientras ha habido recursos en abundancia, el Estado del Bienestar ha ofrecido un repertorio de servicios muy amplio. Ahora es necesario, siquiera por un tiempo, salvaguardar aquellos que son esenciales, que no son otros que los que protegen a los más vulnerables: las personas con unos niveles de renta más bajos, sin recursos o en situación de exclusión social. Naturalmente, en este ejercicio de racionalización de las prestaciones es importante no confundir ciertos servicios básicos con comodidades superfluas. Está claro que ciertas infraestructuras, como por ejemplo las que hacen posible el transporte público, o servicios sociales como los que permiten la conciliación familiar y laboral, representan una exigencia del propio aparato productivo. Por supuesto, tampoco cabe equivocarse de colectivo cuando se trata de los más débiles. Por eso no se entiende la bajada de las jubilaciones en un país donde la pensión media es de 884 euros.
La segunda sugerencia consiste en una mayor coordinación de las distintas Administraciones a la hora de prestar servicios, así como una clarificación de las competencias que les caben, y por tanto también de la financiación que reciben para desempeñarlas. Naturalmente, esto requiere grandes dosis de generosidad, porque inevitablemente proporciona menos protagonismo a los distintos responsables políticos, o quizá un protagonismo nuevo, distinto, que es el que nacería no de la iniciativa solitaria, sino de la capacidad de diálogo y cooperación.
Se ha producido en España un intento -vamos a llamarlo así- de apropiación indebida del Estado del Bienestar por parte del Gobierno. Lo cual sólo puede proceder de una enorme desmemoria histórica. Primero, porque aquél nació en sociedades fuertemente conservadoras, como la alemana y la británica. El inventor de la Seguridad Social, y de muchos de los rasgos del Estado Social, fue Bismarck, y en el Reino Unido fueron tanto los gobiernos torys como los laboristas los que fueron afianzando las innovaciones incorporadas al final de la segunda contienda mundial. Por lo demás, la experiencia histórica reciente nos muestra cómo en nuestro país el Estado del Bienestar ha estado mucho mejor gestionado por los gobiernos del Partido Popular que por los de otras formaciones. No es necesario que recuerde el saneamiento que a mediados de los años noventa hubo que hacer en las cuentas de la Seguridad Social. Así que, lejos de impulsar el Estado del Bienestar, el actual Gobierno sólo lo ha puesto en peligro.
El Estado del Bienestar padece, es cierto, graves problemas. Pero es el núcleo del contrato social forjado en el siglo XX. Resignarse a su desaparición diciendo "se acabó, no es sostenible" no es una opción. Si no lo hacemos de nuevo viable, desconocemos a qué clase de riesgos puede exponernos el descontento social. La experiencia histórica nos dice que cuando el miedo y la inseguridad se instalan en la vida de las personas, cualquier cosa, incluido lo peor, puede acontecer. El recuerdo de los años treinta no debe ser en vano. Hoy parece difícil que vivamos algo semejante, porque el deterioro aún es reciente y porque hacemos un análisis racional de la situación. Pero el miedo es abono para la desesperación, de manera que si no resolvemos los problemas ahora vendrán luego los falsos profetas del populismo a empeorar las cosas. Dos totalitarismos lo hicieron ya en el pasado. No demos oportunidad a un tercero, sólo porque no podamos imaginar qué forma adoptaría. No es un buen síntoma que la clase política sea identificada en las encuestas del CIS como el tercer problema del país. Los ciudadanos esperan de nosotros, los representantes políticos, una gestión eficaz del Estado del Bienestar que han conocido, y si no una alternativa que satisfaga los mismos objetivos. Esperan -legítimamente- un cierto nivel de seguridad. Eso no les convierte en seres acobardados o poco emprendedores. Sólo en personas que, estando dispuestas a dar lo mejor de sí mismas, precisan de un marco estable en el que desarrollar sus carreras profesionales y sus proyectos de vida. Yo me siento cómodo, en el Partido Popular, con ese reto: creo que debemos ser la opción natural de las clases medias, la formación que, una vez llegada al Gobierno de España, encuentre el camino para reactivar el motor económico que mueve el Estado del Bienestar, para cumplir después, con las reformas que hagan falta, el compromiso plasmado en la Constitución de ofrecer a cada hombre y cada mujer las condiciones necesarias para desarrollarse como personas.
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