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26
2010
Jul
El Estado del Bienestar: logros y retos (I)

Atravesamos una época de incertidumbre en la que muchas cosas están siendo revisadas. La única certeza más o menos general es que el mundo que saldrá de la actual crisis será diferente del que hemos conocido hasta ahora. Sin embargo, a poco responsable que se sea, no hay nadie -en su calidad de trabajador, de profesional, de representante público, de ciudadano en definitiva- que no se sienta emplazado a afrontar el reto de preservar los logros principales de un elemento hasta ahora medular: el Estado del Bienestar. Habrá que estudiar el modo: bien salvándolo de las amenazas que lo acechan -si es que eso es posible-, bien redefiniéndolo en el caso de que no sea operativo, o bien cumpliendo sus objetivos mediante una fórmula nueva, aquella que se muestre más eficaz una vez realizados los cambios necesarios. Pero lo que no podemos olvidar es que, por grandes que sean las dificultades, el Estado del Bienestar constituye un elemento central del contrato social y político que las democracias han suscrito a lo largo del siglo XX. En virtud de éste, las masas -ese fenómeno inédito de cuyo protagonismo se hizo eco Ortega- renunciaron a la revolución, de izquierdas o de derechas, comunista o fascista, a cambio de que el Estado se comprometiera a impulsar unas condiciones de vida dignas, como en efecto hizo, con éxito generalizado tras la Segunda Guerra Mundial, y con notable dificultad antes -lo que explica precisamente la desafección democrática de algunas de esas sociedades-. Naturalmente, pensar que ese gran pacto, que ha procurado a Europa los 65 años de mayor paz y prosperidad de la Historia, puede disolverse ahora, no sólo es ingenuo, sino además muy peligroso. Urge, pues, encontrar el modo de que siga funcionando algo que no es un simple mecanismo de gestión, sino un auténtico pilar del sistema de convivencia. Tanto, que nuestra propia Constitución, en su artículo primero, no concibe a nuestro país organizado de otro modo que como "un Estado social y democrático de Derecho".

 

(Sería necesario distinguir entre Estado Social, que es a lo que propiamente nos aboca nuestra Carta Magna, y Estado del Bienestar, que tiene connotaciones ideológicas y culturales más concretas. El Estado Social, que nace en la Alemania conservadora de finales del siglo XIX, y se perfecciona después, se define por un sistema de cobertura universal educativa y sanitaria, pensiones de jubilación y seguro de desempleo. Pero se desenvuelve dentro de los principios de la democracia liberal, originando a veces modelos que llegan a equilibrar con gran pericia la protección social y la competitividad económica, como en el caso de la llamada economía social de mercado, típica de la democracia cristiana alemana. El Estado del Bienestar, por el contrario, se relaciona más con la experiencia de los países nórdicos, y más en concreto de Suecia, donde lo que se desarrolla es un programa socialista -aunque democrático- con una gran presencia del Estado y una manera de organizar la convivencia que tiene más que ver con una cultura comunitarista que con otra liberal. A menudo se confunden ambos conceptos, especialmente a medida que el Estado Social ha ido ampliando su catálogo de prestaciones, pero no son iguales. Siempre que seamos conscientes de la diferencia, creo que la denominación Estado del Bienestar tampoco debería suscitar grandes reparos: ahora mismo, tiene problemas más graves que el de cómo lo nombramos).

 

Con independencia de estos matices, el Estado del Bienestar tuvo su época dorada entre 1945 y 1973. No es casual que el final de ese momento de especial fortaleza coincida con la crisis del petróleo, pues el Estado del Bienestar es por definición caro, y está asociado a situaciones de fuerte crecimiento económico. Qué duda cabe de que en ese tiempo dio origen a ciertas disfunciones y abusos. La manera en que petrificó la organización social en países como Italia o Austria, por ejemplo, en los que se convirtió en un sistema paternalista donde la sociedad perdió toda fluidez, no proporciona quizá el mejor ejemplo de sociedad abierta. En otros casos se ha llegado a hablar también de Estado Providencia, con lo que eso tiene de factor desincentivador de la iniciativa personal, toda vez que el Estado garantiza la seguridad del ciudadano según una fórmula que se ha hecho clásica: "de la cuna a la tumba". Pero no nos equivoquemos: el Estado del Bienestar, aun con el riesgo de restar dinamismo a las sociedades, ha sido un fabuloso logro histórico, que ha proporcionado no sólo estabilidad social y política, sino también la consecuencia económica de ésta: una economía de mercado basada en el consumo masivo y asentada en las clases medias, que ha elevado los niveles de vida hasta extremos inimaginables antes de la Segunda Guerra Mundial. Lo mismo cabe decir en España, donde el calendario de desarrollo del Estado del Bienestar ha sido otro, así como el nivel de prestaciones, todavía hoy bastante alejado de la media europea, pero en donde en todo caso ha tenido los mismos efectos estabilizadores de la convivencia, en un país con un duro pasado de tensiones y desequilibrios. Que el Estado del Bienestar constituye parte de nuestro mejor patrimonio lo demuestra el hecho de que Estados Unidos haya decidido seguir el mismo camino que Europa -algo verdaderamente inusal- y esté avanzando hacia la cobertura sanitaria universal. Soy consciente de las dificultades y la polémica que rodean a esa iniciativa del presidente Obama, pero estoy seguro también de que es un paso histórico sin marcha atrás. Del mismo modo, creo que el Estado social no tendrá futuro si a largo plazo no se extiende a los países emergentes: es obvio que Europa no podrá competir en costes con esas economías. De manera que por razones tanto sociales y de dignidad humana como de eficacia competitiva, nuestro discurso no puede socavar el Estado del Bienestar, sino que debe redefinirlo para garantizar, bajo las nuevas fórmulas que sean precisas, su existencia y extensión geográfica. No es Occidente el que ha de evolucionar hacia la desprotección social, sino los países emergentes los que deben converger con nosotros.

 

(Continuará...)

 

 

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