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21
2011
Mar
El valor de Japón

La sucesión de desastres que se abaten sobre el pueblo japonés, simultáneamente asolado por uno de los mayores terremotos de los que se tiene constancia, por el tsunami subsiguiente y por el accidente de la planta nuclear de Fukushima, parece excesiva incluso para quienes han sido educados en el mayor civismo, en la contención de las emociones y en la fuerte solidaridad propia de una sociedad insular. En horas como la actual, mientras aquel país libra una batalla dramática, el mundo está obligado a expresar un sentimiento de honda condolencia, y no menos a reconocer la admiración que su coraje inspira.

 

Tanto más en mi caso, que soy un viejo admirador de aquella sociedad, y que hace dos años acepté, en representación de todos los ciudadanos de Madrid, la Orden del Sol Naciente con la que el Emperador Aki-Hito quiso honrar la disposición abierta y cordial de los ciudadanos de la capital de España hacia sus nacionales, así como los esfuerzos del Ayuntamiento por relanzar el turismo nipón en una de las pocas metrópolis del mundo que ha introducido rótulos en la lengua de Murasaki Shikibu.

 

En aquel acto, recordé unas palabras del exquisito escritor japonés Yasunari Kawabata, quien observó que "mientras el jardín occidental tiende a ser simétrico, el japonés es asimétrico, porque lo asimétrico tiene mayor fuerza para simbolizar lo múltiple y lo vasto", es decir, los atributos mismos de la Naturaleza que en ese espacio se pretende representar. Quería con esa cita expresar la desproporción, es decir, la asimetría, entre los méritos de Madrid y la generosidad del reconocimiento que se nos hacía. En cambio, hoy me parece que lo excesivo es el sufrimiento mismo de los japoneses, tanto como el valor de su respuesta. La cual no cobra su auténtica dimensión hasta que recordamos que se trata del único país del planeta que, como consecuencia de un uso militar de la energía atómica, ha padecido en carne propia los efectos de la radiación a gran escala, con el consiguiente trauma histórico que esa experiencia supuso.

 

Hace casi dos décadas tuve la fortuna de visitar Japón, y descubrí entonces una civilización presidida por la noción de equilibrio, en la que pasado y futuro, tradición y vanguardia, espiritualidad y técnica, se contrapesaban mutuamente y hacían el milagro de sostener a un país capaz de sobreponerse a sus fracasos, llevándolo hasta una posición de liderazgo mundial. Hoy, mientras el mundo contiene el aliento, Japón trata de recobrar ese equilibrio. Espero que lo consiga.

 

 

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