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01
2011
Abr
Un reto histórico

En el principio, fueron los vagabundos. El desarrollo económico moderno se debe a una cierta clase de ellos. Lo explica Henri Pirenne en su Historia económica y social de la Edad Media. Aquellos que se habían quedado fuera del sistema estamental, que no pertenecían ni a la nobleza ni al clero, tan marginales que ni siquiera podían trabajar al servicio de un feudo o de un monasterio, tuvieron que ingeniárselas para sobrevivir. Y el sistema fue tan sencillo como revolucionario: se arriesgaron a invertir su escaso dinero comprando algunas baratijas en una aldea para venderlas en la siguiente, en una época en la que unos pocos kilómetros podían separar mundos muy distintos, y donde por tanto cualquier producto llegado de fuera era novedoso. Poco a poco, salieron adelante, si bien la suya siguió siendo durante mucho tiempo una ocupación extravagante, sospechosa, y por supuesto ajena al poder. Algunas zonas de Europa -el Norte de Italia y los Países Bajos- se adelantaron así al nacimiento del capitalismo. En otras -como nuestro país- esa conducta chocante encontró innumerables dificultades.

 

Un poco después, España fue capaz de levantar un imperio trasatlántico en un plazo asombrosamente breve, y darle estabilidad y coherencia durante trescientos años. Pero sus esfuerzos se orientaron a proporcionarle una estructura jurídica y administrativa. El impulso que lo hizo posible fue, sobre todo, militar y religioso, como inercia heredada de la Reconquista, y no primordialmente económico, como prueba el hecho de que malgastara la riqueza obtenida en las guerras europeas de religión. Como resabio de la vieja sociedad medieval, la deshonra asociada al trabajo manual extendió su alcance a cualquier actividad que requiriese algo de empuje, especialmente si no tenía el amparo de la Iglesia o la Corona. Seguía siendo un mundo rígido, una sociedad cerrada, de escasa movilidad. Por el contrario, el otro gran imperio de la época, el inglés, fundó colonias con un relativo margen de libertad, y por consiguiente con una capacidad de iniciativa mayor, hasta el punto de que Adam Smith decía que las posesiones americanas de Gran Bretaña "solo habían existido en su imaginación". No es de extrañar que estas no tardaran en acceder a la prosperidad por sí mismas, lo que al final terminó conduciéndolas a una toma de conciencia de su propia dignidad que originó la primera revolución democrática moderna. De ahí al ascenso imparable de una nación que ante todo confía en la dimensión emprendedora del individuo como fundamento de su bienestar, no hubo nada.

 

Este relato podría proseguir por la conocida tesis de Weber acerca de la especial relación entre La ética protestante y el espíritu del capitalismo -obviamente ausente en nuestro país-, y por la debilidad de una burguesía fuerte que durante el siglo XIX supliera la no menos precaria iniciativa de la Administración española. Para concluir en el lamento de Ortega según el cual el problema de nuestro país no consiste en que fracase en sus empresas, sino en que no las intenta. Pero nada de esto arrojaría más luz sobre nuestra situación actual. Hay que retrotraerse de nuevo a ese retrato que hacía Pirenne del chamarilero bajomedieval para hacernos la pregunta clave de qué falla en España. ¿Quiénes serían hoy estos buhoneros tenaces, imaginativos, rebeldes, entregados a un futuro por construir antes que a un mundo imperfecto que falsamente cree que todo está hecho o que no hay nada que hacer? ¿Quiénes son estos que no se detienen ante la suspicacia de una sociedad apegada en demasía a la inmovilidad, y de una burocracia administrativa todavía demasiado compleja? ¿Quiénes buscan su resquicio de oportunidad entre los más grandes y poderosos? ¿Quiénes pelean por conseguir una financiación que a menudo les está vedada? Los pequeños empresarios, sin duda. Ellos mueven el país, dan empleo, introducen novedades, van abriendo caminos por los que discurre la economía real. Y, por las razones expuestas, tienen que enfrentarse a un prejuicio todavía latente, después de cientos de años de desconfianza ante el emprendedor. Darle la vuelta a esa situación constituye un reto, nunca mejor dicho, de proporciones históricas.

 

PD.- Las pymes son el 95% de las empresas españolas, y no han podido surgir por generación espontánea. Quiere decirse que tiene que haber también en nuestra Historia precedentes valiosos, por más que no hayan sido sus protagonistas principales. ¿Tal vez Juan de Goyeneche, los promotores de las Sociedades Económicas de Amigos del País, los novatores que dieron la batalla aunque la perdieran?

 

 

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1 Comentarios

comentario

1

02/04/2011 a las 22:42:53h
Interesante reflexión y análisis. Sin duda, son los pequeños empresarios el motor del país. Magnifico reto en el que Alberto Ruíz Gallardón sera una pieza fundamental por su talante: Constante, emprendedor y humanista... La sociedad Espa...ñola debe de reaccionar ante esta situación actual; como Manuel protagonista de: La busca, de Pío Baroja. Manuel decide ser “de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra”. Trasladar que la apatía no nos lleva a ningún sitio y que debemos de cambiar nuestro modo de vida y rectificar nuestra postura frente al mundo. Una sociedad activa, participativa, critica, constante, inquieta..Estoy de acuerdo todo un reto histórico.. Excelente articulo Alcalde. Gracias ....

 

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