Esta semana he tenido la satisfacción de compartir en el Foro Madrid del Partido Popular, junto a militantes y simpatizantes de nuestra formación, algunas reflexiones sobre la situación política actual. Parcialmente resumidas, las hago ahora extensivas a todos los lectores de este blog:
España se hace desde abajo: desde sus ciudades, sus provincias, sus regiones, desde sus calles y sus plazas, sus polígonos industriales y sus zonas de negocio. Y a veces, en ese ras de suelo donde vive el ciudadano, se padecen los errores que pueden acarrear algunas decisiones que, en etapas como las que España ha vivido en los últimos años, se toman en otros niveles de gobierno. Pero el valor distintivo de la política española consiste en que, si aciertan a perseverar en una política sensata, esas ciudades y regiones donde los ciudadanos hacen su vida al final consiguen salir adelante y hacer valer su esfuerzo y su afán de progreso. Por eso hoy, cuando asistimos a un fin de época, en el que el zapaterismo busca otras caras para sucederse a sí mismo, tenemos la certeza de que los municipios y las regiones españolas van a neutralizar esa impostura, despejando el horizonte de un país que el 22 de mayo va a empezar a escribir la historia de su resurgimiento, cansado ya de experimentos. Y si sabemos que esa empresa es viable, entre otras cosas es porque Madrid ha sido pionera, brillando con luz propia incluso en un tiempo oscuro, en el que ha sido la tercera ciudad más próspera de Europa, solo por detrás de Londres y París.
Si ponemos en relación estas dos realidades divergentes -el desacierto del Gobierno, de un lado, y de otro la perseverancia de las Administraciones madrileñas en los últimos años-, el resultado es aún más asombroso. Porque lo extraordinario no es que hayamos transformado Madrid poniéndola al día y situándola en el grupo de cabeza de las grandes capitales mundiales. Lo asombroso es que lo hemos hecho mientras en la Moncloa gobernaba un equipo que no es que desconfiara de Madrid, sino que ha apostado incluso por restarle medios y oportunidades.
Nada se mantiene por inercia. Así que lo que el 22 de mayo está en juego es que Madrid, que ha logrado mantener su impulso pese al lastre de este Gobierno, no se deje arrastrar por él ahora, en el último momento, en pleno desguace del proyecto socialista, y pueda empezar a dar pasos atrás. Porque ese día nos enfrentamos, en el mejor de los casos, a un partido que, mucho antes del zapaterismo, mientras gobernaba en Madrid, solo supo hacer un kilómetro de Metro al año, por los más de doce que hemos hecho Esperanza y yo. Un partido que como confunde gasto público con gasto corriente no sabe qué es la inversión productiva, de modo que es incapaz de elevar las condiciones de competitividad allí donde gobierna. Un partido que produjo una figura como la de Zapatero no como excepción, sino como expresión natural de lo que es, y que previsiblemente volverá a hacer lo mismo. Y digo que nos enfrentamos a esto en el mejor de los casos, en un caso teórico, hipotético, irreal, en un caso que no se dará, porque la única posibilidad que ese partido tiene de acceder al Gobierno de la ciudad de Madrid es poner en pie un bipartito junto a Izquierda Unida, es decir, acogerse al peor recurso de cuantos hasta hoy ha improvisado el zapaterismo.
Los ciudadanos tendrán que elegir así entre un programa conocido, público, manifiesto, como el que presentará el Partido Popular, y un programa oculto que es el que surgiría de la transacción, del choque o de la confusión de dos programas distintos de la izquierda, que probablemente tirarían en direcciones opuestas hasta neutralizarse, o que en todo caso se sumarían en un único vector de fuerza, que es el que apunta hacia una izquierda rígida, ideológica, clásica en el peor sentido -porque es obvio que ese bipartito, por su propia lógica interna, no iba a encaminarse hacia el centro y la moderación-. Diríamos que hay un sinfín de riesgos por descubrir en esta fórmula de no ser porque demasiado bien los han descubierto ya en una región de España que era puntera, como Cataluña, y a la que esta peculiar alianza ha dejado postrada, por no hablar de las tensiones que ha generado en todo el país.
Yo creo que el zapaterismo ya es bastante negativo por sí mismo, con su aversión a los hábitos y elecciones de la sociedad, con su desconfianza ante los emprendedores, con su incapacidad para entender las necesidades de los municipios españoles, con su prejuicio frente a Madrid, como para que ahora Esperanza y yo tengamos que medirnos con sendas versiones de esta política zapaterista -en mi caso, la estricta, la ortodoxa, la oficial, en el tuyo, Esperanza, la del zapaterismo disidente, pero zapaterismo al fin-. Pero así están las cosas, y esta es nuestra responsabilidad ante el Partido y ante Madrid: elaborar un proyecto igual de atractivo que el de los últimos años que evite que Madrid caiga en manos de un bipartito, que no haría sino poner en escena la segunda parte de una política que ya está muerta.
Voy a ser sincero: yo no quiero que un nuevo zapaterismo, espoleado por Izquierda Unida, resucitado por esa formación, haga con Madrid lo que ha hecho con España. No quiero ver cómo todos los días promueve en esta ciudad una cosa y la contraria. No quiero asistir al espectáculo de ver cómo va defraudando las expectativas de los ciudadanos mientras se pierde lo logrado. No quiero ver las consecuencias de la visión limitada que el bipartito tiene del papel que Madrid debe desempeñar en España, de sus dudas ante su potencial económico, su proyección, su nivel de exigencia en cuanto a las infraestructuras y los servicios públicos. No quiero que llegue el día en que tenga que oír que la capitalidad de Madrid es un concepto "discutible y discutido", y que el Partido Socialista se dedique a devaluar las posibilidades de esta ciudad fabulosa que han sacado adelante todos sus ciudadanos, echándola a perder en una negociación exclusiva con el partido que en nuestro arco parlamentario se encuentra más alejado del centro, y todo para no molestar a no se sabe quién, cuando, como Alcalde, me consta que españoles de todas las partes del país se sienten orgullosos de su capital.
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