Donde el pensamiento no termina a veces de llegar, puede hacerlo antes la palabra. Esta idea, que hubiera disgustado a Wittgenstein, pero que explica, por ejemplo, la poesía, vale también para vislumbrar un camino útil en otras materias. Así parecen sugerirlo al menos las declaraciones que en los últimos días multiplica el nuevo director de la Real Academia Española. Dice José Manuel Blecua que los españoles "tenemos que ser conscientes de que no somos el centro del idioma, de que hay otros mundos, otros lugares que comparten la misma lengua" y que, en consecuencia, las recientes modificaciones ortográficas, a poco razonables que seamos, están más que justificadas. Y si, en efecto, la lengua española ha sido capaz de preservar una asombrosa vitalidad, que apenas nos reclama la pequeña dosis de humildad necesaria para reconocer que nuestro ámbito natural no termina en el solar ibérico, ¿por qué no aplicar entonces esa misma percepción a la economía, la política exterior, la proyección global no ya de un bloque de países, sino de una auténtica civilización, como es en sí misma la iberoamericana?
Dos mexicanos brillantes han reflexionado acerca de esto. Octavio Paz pensaba que Iberoamérica es la variante más original de Occidente, su decantación más sofisticada, en virtud precisamente de la multiplicidad de sus aportes, lo cual, en la era global que vivimos, debería ser una ventaja competitiva. Por su parte, Jorge Volpi cree que Iberoamérica no existe o se encuentra en trance de desaparecer, fragmentada como está entre distintas esferas de influencia, conforme estén expuestas o no, por ejemplo, a la influencia de Estados Unidos. Entre una y otra visión, debería caber una tercera, que es la de lo posible. España debería ser capaz de recobrar una posición de referencia en esta región que, sin distanciarnos de nuestro entorno europeo, hiciera efectiva nuestra globalización. Parte del desmoronamiento que sufrimos se debe al hecho de que la crisis internacional nos cogió en un momento en que no habíamos completado nuestra adaptación a la economía global. Ahora, sufrimos sus consecuencias sin poder optar a sus posibilidades, como demuestra que sigamos basando nuestra actividad en el consumo interno de bajo valor añadido, con limitada capacidad exportadora. Y aunque es evidente que Europa sigue siendo la solución a muchas de nuestras debilidades -y más en medio de una batalla monetaria de la que nos hemos convertido en primera línea de frente-, lo cierto es que nuestra gran puerta de entrada para ingresar de lleno en la era global, con todas sus ventajas, ya que arrastramos también sus inconvenientes, está en Iberoamérica. Que ésta diste mucho de ser un apéndice pasivo del mundo español, que haya cobrado iniciativa y vigor, como en el caso espectacular de Brasil o en otros más discretos pero igualmente sólidos, que estén resistiendo la crisis mucho mejor que nosotros, no debería percibirse, desde nuestra perspectiva, como una debilidad, sino, antes al contrario, como una gran oportunidad.
No sé si nuestra actual política exterior -con un presidente ausente, por ejemplo, de la última cumbre de Jefes de Gobierno y de Estado- ha asumido plenamente esta prioridad. Sí tengo claro, por el contrario, que durante los gobiernos del Partido Popular, entre 1995 y 2004, se dieron grandes pasos en ese camino, a menudo recorridos por las empresas y la sociedad civil.
Ya que a un lado y otro del Atlántico hablamos la misma lengua, ¿no podemos hacer valer también juntos el potencial económico de la sociedad que la ha inspirado y moldeado?
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