De haber sabido lo que el futuro le deparaba al mundo, Su Graciosa Majestad Isabel II hubiera reservado la ya famosa etiqueta de "annus horribilis" para 2010, en lugar de adjudicársela precipitadamente a un 1992 que hoy, en comparación, nos parece próspero y bondadoso. Pero, por la misma razón, no conviene que nosotros despachemos ahora el año con esa misma expresión latina, no vaya a ser que aún tengamos que añorar el actual estado de cosas. Claro que de ahí a pedirle al ciudadano que "desdramatice", como ha hecho uno de nuestros altos cargos gubernamentales a propósito de la enésima subida del precio de la luz, hay un abismo. Más que nada, por respeto, ya que la vida de millones de españoles sí bordea hoy el drama, hasta el punto de que uno de cada cinco vive en la pobreza.
En España nos conformaríamos sin duda con que los daños no fueran a más, aunque la sana ambición política consista siempre en no dar por válido lo malo conocido, queriendo al mismo tiempo lo bueno por conocer. 2010 ha sido el año en que el Estado social ha sufrido el más duro ataque que la democracia recuerda, sufriendo una cirugía brutal que se ha demostrado incapaz incluso de preservar los sistemas vitales del paciente para amputar a ciegas y con el pulso tembloroso. La reforma laboral, sin ir más lejos, sólo ha contribuido a facilitar el despido sin propiciar la contratación, no porque dicha reforma no sea necesaria, sino porque no era ése el camino. Por lo demás, los grandes problemas del país, aquellos que se encuentran en la base de nuestra falta de competitividad, siguen intactos, y quedan pendientes para el año que estrena la segunda década del siglo. Así, el desorbitado coste de la energía sigue lastrando la economía de nuestras empresas y de las familias, y el nivel educativo se mantiene en la misma mediocridad recurrente que cada año nos recuerda dolorosamente el informe Pisa.
Pero miremos hacia delante, con la generosidad que reclama la tarea de reconstrucción nacional que España tiene ante sí. Porque este recuento de desgracias no es un memorial de agravios o un pretexto para el reproche. Constituye, simplemente, una agenda de algunas de las cosas que quedan por resolver en el nuevo año. Nunca nada es del todo irreversible, y tenemos la obligación de intentar que cuando llegue el final de 2011 tengamos, si puede ser, alguna razón menos para acordarnos de esa expresión del "annus horribilis", hasta que un día sea ya completamente inadecuada.
Que en 2001, pues, cada cual ponga lo mejor de sí mismo para, en la medida de sus posibilidades, ir despejando el horizonte.
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