Dando siempre por descontado un cierto margen al desacierto personal, a la falta de información o incluso a la mala suerte, la verdad es que incluso un gobierno mediano puede gestionar mejor o peor, dentro de unos límites, sin por ello verse directamente abocado al desastre. Pero una política naufraga sin remisión cuando, en lugar de verse afectada por esos factores más o menos arbitrarios o imprevisibles, hace consciente fundamento de ellos. Es lo que ocurre hoy en la economía española, que vive lo que, según muchos economistas, constituye el peor escenario posible, la estanflación, es decir, el bajo ritmo de crecimiento combinado con un nivel de precios al alza, o, según otra definición clásica, "lo peor de ambos mundos". Porque esta preocupante situación, para la que los manuales económicos al uso no tienen demasiadas recetas, surge en el caso español del fracaso de un modelo energético que el Ejecutivo no ha sabido o no ha querido poner al día, más allá de alguna iniciativa más anecdótica que enjundiosa, y de un respaldo a las renovables que sin duda requería un apoyo más articulado y menos ideológico, por no hablar del prejuicio contra la energía nuclear, la única que actualmente da una respuesta eficaz, entre otros, al problema del cambio climático.
El precio de la energía ahoga a las empresas y las familias españolas, restando capacidad para competir a unas y renta disponible para el gasto a otras. Lo cual viene a coincidir con una dependencia energética del exterior del 84%, muy por encima de la media europea. La improvisada reducción del límite de velocidad a 110 kilómetros por hora, como anticipo, tal vez, de otras restricciones, no es sino la expresión más o menos ocurrente de una crisis mucho más profunda, que no es, a decir del Gobierno, la del abastecimiento, sino más bien la de la falta de ideas. Aunque ahora arma mucho ruido ese cambio en los hábitos cotidianos -que es mucho más, porque perjudica también a la competitividad en un país que había hecho de otra clase de alta velocidad un elemento al servicio de aquella- lo cierto es que hay otros cambios más sigilosos que revelan nuestra verdadera debilidad en este terreno, como, por ejemplo, el hecho de que la electricidad haya subido un 60% desde que Rodríguez Zapatero ocupa la Moncloa.
Mientras tanto, no deja de ser paradójico que el presidente tenga que irse de gira al Golfo Pérsico para recabar allí un capital que en parte ha sido amasado gracias a esa dependencia energética nuestra, con objeto de socorrer a las cajas de ahorro que padecen las consecuencias de esta situación de estanflación. Así, poco a poco nuestra economía -pero no solo ella: también ocurre en Europa y Estados Unidos- va pasando a otras manos, en lo que no sería exagerado percibir como una sutil transferencia de soberanía, si no fuera porque afecta a los mecanismos de decisión económica y no política. ¿Es justo este lamento en la era de la globalización, en la que se supone que la libre circulación de capitales es una de sus ventajas, a la par que fuente de turbulencias? Pues es legítimo, porque expresar ese temor cuando una relación se desequilibra tanto a favor de una de las partes no es incurrir en un arranque de nacionalismo económico o de proteccionismo interesado, sino simplemente expresar una realidad: cada vez tenemos menos control sobre lo que antes podíamos llamar "nuestras" empresas, y, ahora, sobre "nuestras" instituciones financieras.
La crisis del 73, ocasionada precisamente por la subida del precio de la energía, pudo superar la estanflación gracias a un golpe de buena suerte: el descubrimiento de los pozos petrolíferos del Mar del Norte. Pero lo importante es que Occidente tomó nota de su fragilidad y empezó a mejorar su eficiencia energética y a trabajar en el objetivo de una mayor autonomía. Ahora no sabemos qué suceso afortunado puede sustraer a España de las consecuencias que un panorama de inestabilidad en el mundo árabe puede causar en el precio del petróleo. Pero sería deseable un Gobierno que no lo dejara todo al albur de la suerte -Zapatero ha sido un presidente confiado en su baraka personal- y trazase, de una vez, una política responsable y previsora. Me da que no será este.
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