Blogosfera - Partido Popular - pp.es
26
2011
Ene
Incertidumbre

Los extremos se tocan, y ésa quizá es la mejor explicación de la súbita conversión del Gobierno a la ortodoxia -más bien sui generis- que caracteriza estos días extraños. Es el ansia de calmar a los mercados, y no el ¿superado? prejuicio anticapitalista el que le mueve ahora a anunciar la nacionalización de las cajas de ahorro. En apariencia, puede tratarse únicamente de una intervención parcial, pensada para aquellos casos en que las cajas no quieran o no puedan convertirse en bancos por sí solas -necesitan recapitalizarse con 20.000 millones de euros más-, pero en la práctica resulta inevitable acordarse de aquella sentencia de Joseph A. Schumpeter, extravagante a la par que lúcido economista de la escuela austriaca, que advertía que la exigencia de eficacia del mercado puede eliminar incluso a los más prudentes y rigurosos. Porque quizá las medidas anunciadas ahora -como todo lo emprendido por este Gobierno, con dos años de retraso: ¿recuerdan aquellas orgullosas proclamas acerca de la solvencia de nuestro sistema financiero, mientras se tambaleaba el estadounidense o el inglés?- pueden contribuir a separar las cajas saneadas de las que están en malas condiciones, pero lo cierto es que obliga a todas a competir con una mano atada a la espalda, desde el momento en que se les impone el ratio de solvencia más elevado del mundo, por encima de los requisitos de la reforma de Basilea III. Si el capitalismo, en fin, consiste en ese proceso de "destrucción creativa" del que hablaba Schumpeter, en virtud del cual el cambio va ejerciendo su función como agente desencadenante de la selección natural, es algo que vamos a comprobar muy pronto, aunque con la salvaguarda de un Estado que asumirá las debilidades de aquellos que no puedan mantener este nivel de exigencia.

 

Lo que pueda ocurrir en el camino con la obra social de las cajas es un misterio. Hay quienes piensan que una solidez reforzada se traducirá en un mayor beneficio, y por consiguiente en un margen más amplio para seguir ejerciendo esa tarea, que tanto contribuye a paliar desequilibrios y carencias sociales, así como a hacer posible una actividad cultural que no tiene por qué estar siempre sujeta al juicio del mercado (el mercado, por ejemplo, hizo posible el triunfo absurdo del tiburón de los doce millones de dólares de Damien Hirst, al tiempo que desprecia el valor social de muchas iniciativas educativas). Pero no es seguro que esa nueva fortaleza, ni sobre todo la necesidad de seguir provisionando fondos para acreditar solvencia, vaya a redundar en un compromiso semejante. Aunque en los últimos años España se ha incorporado a los usos y costumbres de nuestro entorno occidental, lo cierto es que es en los países anglosajones donde históricamente se ha desarrollado primero el capitalismo en donde se observa un mayor compromiso del sector productivo con las necesidades de la comunidad. No en vano, los economistas clásicos, empezando por Adam Smith, no entendían el lucro como un fin en sí mismo, sino más bien como el resultado de una actitud de compromiso con los demás que podía y debía ejercitarse a partir de la iniciativa particular. Esa sana disposición hace que sean infinidad las empresas y los individuos que dedican parte de su tiempo y sus ganancias a sufragar toda suerte de ayudas sociales y de ofertas culturales. Haría falta, en fin, que nos incorporásemos a esa cultura del patrocinio y la responsabilidad social corporativa con mayor empeño que hasta ahora, apurando hasta el final, y en todos sus aspectos, este viaje que va de lo semipúblico a lo privado, disfrutando de las ventajas de éste tanto como asumiendo sus exigencias. Nada sería peor, por el contrario, que quedarnos a medio camino entre un sistema y otro.

 

Parecida incertidumbre pesa sobre el futuro del crédito, y por tanto de la reactivación económica. ¿Mejorará, a la vista del plus de prestigio que se quiere ganar con la recapitalización? ¿O seguirá congelado, por efecto de las garantías suplementarias que habrán de presentarse? Nadie lo sabe. Al fin y al cabo, ése es el único concepto claro en la España de Zapatero: incertidumbre.

 

 

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