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02
2011
Feb
¿Dónde estaba Dios?

Regreso de Auswichtz convencido de haber contemplado el fondo más negro del alma humana. Cruzar el umbral fatídico donde aún campea el cínico lema del lager -Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres)-, caminar entre los barracones en los que 1.100.000 hombres, mujeres y niños aguardaron su hora final o lucharon por aplazarla, ver las cámaras de gas y saber lo que allí ocurrió... constituye una experiencia sobrecogedora después de la cual resulta muy difícil no reflexionar acerca de los límites de lo humano. Así lo hice ayer junto a una delegación de presidentes, dignatarios y alcaldes de varias ciudades de todo el mundo, entre las que se encontraban París, Rabat, Casablanca y Sarajevo, a quienes la UNESCO, el Proyecto Aladin y el Ayuntamiento de París nos habían convocado para rendir homenaje a las víctimas del Holocausto justo en uno de los escenarios más atroces en los que éste se perpetró. Nuestra presencia en ese agujero negro de la historia, donde desaparece, siquiera temporalmente, cualquier indicio de progreso o racionalidad, sirvió también para expresar el compromiso de nuestras ciudades para erradicar todo atisbo de intolerancia racial, religiosa, ideológica o de cualquier otro signo.

 

Además de su amplitud y tenacidad, lo que distingue la Shoà de otros genocidios es su carácter particularmente exhaustivo y organizado. Por vez primera, toda la capacidad de gestión de un Estado moderno se puso al servicio de la producción industrial de la muerte. Los jerarcas nazis se enorgullecían ante todo del aparato logístico que hacía posible el exterminio, el cual no dejó de funcionar como un auténtico reloj incluso en los momentos más difíciles del esfuerzo de guerra, anteponiendo su nefasto objetivo a las propias necesidades bélicas. Auswichtz es el símbolo efectivo de esa planificación criminal en la que se combinan la impiedad y el absurdo con la precisión de una máquina implacable que no atiende a más razón que la de su propio funcionamiento. Muchos han visto en esto la metáfora de una deshumanización más amplia, que sería la de nuestro tiempo, o, en el mejor de los casos, la del tiempo que dejamos atrás en 1945. Y lo más descorazonador de todo es comprender, con Hannah Arendt, que el mal radical que Auswichtz representa no puede alcanzarse sin otra clase de mal mucho más banal: el de los funcionarios, administradores y proveedores que colaboraron dócilmente sólo porque creyeron que su posición dentro de un engranaje mayor les eximía de toda reflexión, sin que se sintieran autorizados a juzgar los propósitos últimos de la monstruosidad a la que contribuyeron. Es esa peligrosa mansedumbre del hombre que no quiere pensar, que rehúsa tomar partido, que se conforma con acatar órdenes y cumplir con su mal entendido deber, la que en cualquier momento puede prender la llama de una nueva sinrazón, en toda época y circunstancia. Mantenernos alerta ante ese riesgo, someter al ejercicio de la razón moral todos y cada uno de los actos que realizamos o se nos requieren, es una obligación cívica que después de Auswichtz nadie puede ignorar.

 

Así y todo, una cosa es leer la atrocidad en los libros de Primo Levy, Elie Wiesel o Imre Kertész, imaginando los gritos de los kapos y el ladrido de los perros, y otra muy distinta viajar hasta allí, sentir siquiera una mínima parte del mismo aire frío que envolvió a las víctimas e intuir entre las alambradas la sombra de aquellos que dejaron en aquel complejo siniestro proyectos, sueños, amigos y familias.

 

En la oración interconfesional que llevamos a cabo participaron el Gran Rabino de Israel, Señor Meir Lau, superviviente del Holocausto, el cardenal André Vingt-Trois, Arzobispo de París, y el Gran Mufti de Bosnia, Señor Mustafa Ceric. Ver rezar juntos a cristianos, musulmanes y judíos nos permitió respirar aire limpio entre el recuerdo de tanta ciénaga moral. Pero después de oír la reflexión del Gran Rabino cuando nos recordaba que los autores de aquella atrocidad no pertenecían a una civilización bárbara e inculta sino que eran gente educada como nosotros, que interpretaban a Bach y leían a Goethe, que mostraban emociones cuando besaban a sus hijos, después de todo eso no hay más remedio que preguntarse dónde estaba Dios, el mismo Dios de los asesinos y de los asesinados, cuando el ser humano escribió la página más negra de su historia.

 

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7 Comentarios

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Eulalio Cortés ha dicho el 12/02/2011 a las 12:16:40h
¿Dónde estba Dios en esos terribles momentos de muerte y exterminio? Tremenda pregunta que nos hude en el misterio donde sólo la luz de la fe puede penetrar.También podemos preguntarnos ¿dónde estaban los hombres que se pusieron una venda en los ojos para no ver el horror que se estaba produciendo? Dios creó al hombre "libre" y responsable de sus actos;por lo que él es el único rsponsable tanto de lo bueno como de lo malo que realice.El pecado es le precio de la libertad,como lo son también las buenas acciones..

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EnriqueVillalba ha dicho el 04/02/2011 a las 12:34:12h
Señor alcalde. Este verano visité el lugar y me pareció sobrecogedor. Entiendo que todo el mundo debería visitar el lugar y llorar ante ese horrible ejemplo para aprender lo inhumanos que pueden llegar a ser los humanos. El museo Auswitch-Birkenau está tratado con un inmenso respeto y sin ningún interés por generar opinión con las palabras. Los hechos hablan por sí solos. A eso se suma la inmensa aportación de unos guías muy preparados y un cuidado estupendo de las instalaciones. Coincido con uno de los comentarios en que Dios estaba con los presos, como narra, por ejemplo, Frankl en su 'Hombre en busca de sentido'; o como se evidencia en las celdas del campo de Auswitch, al conocer el sacrificio del padre Maximilian Kolbe, que dio su vida por otro preso que tenía familia e hijos. No fue el único sacerdote que pasó por el campo y murió. Otra cosa fue dónde estaba la jerarquía católica. Y ahí es donde se puede criticar el asunto. No es una cosa de Dios, sino de los hombres. La jerarquía hizo una cínica mirada hacia otro lado mientras el nazismo hacía lo que hacía. Como siempre, hay que evitar generalizaciones porque hubo un montón de ejemplos de responsables eclesiásticos que actuaron como verdaderos representantes de la sociedad civil, algo muy común en la cultura eslava. Pero, por desgracia, a la Iglesia no le vale con pedir perdón posteriormente. Tendrían que haber hecho un discurso valiente contra los principios inhumanos del nazismo. Por lo menos, si se supone que es una institución que está por encima de los pensamientos políticos y se fijan en la esencia y dignidad del hombre. De todas formas, no fueron sólo los nazis los que hicieron barrabasadas. Los propios presos se hacían la vida imposible entre ellos. En concreto, los guardas judíos fueron igual de malos o peores que los propios soldados alemanes. Ése es el lado más perverso del problema: que el mal no estaba solo en la ideología nazi, sino también en el interior de las personas. En las circunstancias de Auswitch es en las que los hombres demuestran si son humanos o no. No creo que les eximiese de culpa el tener un poder superior que les obligase a hacer lo que hicieron, funcionarios o guardas presos. El ser humano siempre es capaz de elegir y capaz de asumir la responsabilidad sobre sus acciones. La sociedad civil debe asumir sus responsabilidades tanto como sus derechos, no pueden escudarse en ese determinismo cínico de ser víctimas de las circunstancias. Un saludo..

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02/02/2011 a las 22:46:05h
Sr. Gallardón: creo muy sincera y sentida su nota, y me gustaría refleccionar con usted: ¿entiende mejor ahora la defensa de esa democracia ejemplar que es Israel, frente a la barbarie que la rodea y sigue atacando luego de varias guerras para 'Borrarlo del mapa'? ¿no cree usted que, si pudieran, los palestinos lo harían peor que los nazis? Gracias por su nota de hoy..

 

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