La progresiva evaporación de la marca socialista de la agenda política, y, lo que es más asombroso, incluso de la electoral, quizá tenga algo que ver con una interpretación muy particular del famoso "dilema del prisionero", un experimento lógico que se ha convertido en un clásico dentro de la Teoría de Juegos. Creado por el matemático Albert Tucker en 1950, plantea la hipótesis de dos cómplices de un grave delito que son detenidos e interrogados por separado. Si ninguno de los dos confiesa, probablemente no se les pueda probar nada y sean acusados por alguna falta castigada con una pena liviana. En cambio, si los dos confiesan, implicándose mutuamente, la pena será severa. Y si es solo uno de ellos quien delata al otro, entonces quedará en libertad dejando a su compinche en la estacada. El resultado final depende del sentido de la anticipación de cada sospechoso, que trata de adivinar qué hará su compañero: ¿le delatará para salvarse, condenándose a su vez si es correspondido con la misma moneda, o le encubrirá y aceptará así compartir una pena leve, optando por un mal menor para descartar el riesgo de lo peor? El juego está concebido para ilustrar las ventajas asociadas a esta última actitud: es preferible asumir parte de la carga antes que tener que soportar la totalidad de su peso. Sobre esta hipótesis se ha construido después toda una teoría de la cooperación en las relaciones sociales, y se dice que inspiró parte de la estrategia de disuasión mutua de las dos superpotencias durante la Guerra Fría: a ambas les interesaba creer que en el otro aún quedaba un fondo de sensatez, de modo que ninguno se sentía impelido a lanzar primero un ataque nuclear.
En política, como en todo, el dilema del prisionero puede ser de aplicación cuando se refiere a una situación concreta y limitada en el tiempo. El problema surge cuando este discurre y el silencio de las partes genera por sí solo un sentido distinto al esperado. Este puede llegar a parecer, de hecho, una inculpación. En otras palabras: Zapatero por un lado, y todas las demás figuras socialistas por otro, callaban hasta ahora para no aclarar, primero, si el presidente volverá a ser candidato, si está de salida o si prepara su regreso, y, en segundo y más enjundioso lugar, quién es el culpable de la hecatombe, si el hombre que quiso inventar de nuevo el socialismo español haciendo tabla rasa de todo o el partido de cuyo declive aquel es en realidad una mera consecuencia. Y en eso estaban, guardando un silencio contumaz, en la creencia de que no referirse al asunto les reportaría un beneficio mutuo, cuando han terminado por comprender que semejante silencio empezaba a ser clamoroso, y que la interpretación que de él hace la ciudadanía no equivale precisamente a una absolución. ¿Se ha roto, pues, el pacto de silencio entre los socialistas, que pensaron que no hablar de la sucesión equivalía a aplazar el problema? ¿Significa la suspensión del mitin de Vistalegre el principio de la confesión, responsabilizando a Zapatero de las malas perspectivas de su partido, aunque sea tácitamente y por omisión? ¿O simplemente piensan que ocultando al que en otro tiempo fue su líder prorrogan un poco más ese tiempo de silencio, y que el interrogador -léase, la opinión pública- se tragará que tal mutismo es la expresión de una negativa a admitir cuanto ha ocurrido en el país?
Es difícil decirlo. Al fin y al cabo, todo lo relacionado con la política socialista de estos últimos años tiene que ver más con el pensamiento mágico -es decir, la ilusión de que lo que no se dice no existe, o de que solo con decirlo de otro modo cambiará- que con el razonamiento lógico. Por eso han hecho su propia interpretación del dilema del prisionero, apresando, por cierto, a la auténtica cautiva de toda esta historia: España.
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